EL VALOR DE CONVIVIR

Ética y compromiso social en la sociedad actual

Juan M. Batallosoí

 

Y he aquí, más fuertes que nunca, más complementarias que nunca en su antagonismo, mis cuatro polaridades: la duda, la fe, el misticismo, la racionalidad. Éste es el nudo de «mi» complejidad, complejidad que me ha preocupado siempre, hasta la emergencia del pensamiento complejo.

EDGAR MORIN

           

En el ámbito del compromiso y de la lucha por la transformación de la sociedad podría ocurrirnos lo que le sucedió a aquel viejo sufí que cuando hablaba acerca de sí mismo decía: «De joven yo era un revolucionario y mi oración consistía en decir a Dios: “Señor dame fuerzas para cambiar el mundo”». «A medida que fui haciéndome adulto y caí en la cuenta de que me había pasado media vida sin haber logrado cambiar una sola alma, transformé mi oración y comencé a decir: “Señor dame la gracia de transformar a cuantos entran en contacto conmigo. Aunque sólo sea a mi familia y a mis amigos. Con eso me doy por satisfecho”». «Ahora que soy un viejo y tengo los días contados, he empezado a comprender lo estúpido que yo he sido. Mi única oración es la siguiente: “Señor, dame la gracia de cambiarme a mi mismo”. Si yo hubiese orado de este modo desde el principio, no habría malgastado mi vida» (DE MELLO, A. 1982. 195)

            Sin caer en la tentación de abrazar un intimismo estéril sostenido por una mística individualista alejada de los problemas y necesidades de nuestros semejantes, no nos cabe la menor duda que la atenta observación por un lado de la trayectoria biográfica de muchos de los que en aquellos años de la transición democrática española abrazábamos ideologías redentoristas y militábamos fervientemente en organizaciones políticas de la izquierda, así como por otro de los acontecimientos sociales y políticos acaecidos en las dos últimas décadas tanto en nuestro país como en el resto del mundo, nos han permitido comprender que los seres humanos, más que individuos dotados de capacidades de adaptación, somos sobre todo seres de transformación y de cambio capaces de reconstruir nuestra experiencia histórica y traducirla en nuevas realidades que vienen a expresarse tanto en nuevos problemas y dificultades como en nuevas posibilidades y esperanzas, y esto es así, tanto desde el punto de vista social como desde la perspectiva del desarrollo personal individual.

            Somos producto de nuestro propio producto y de la misma manera que el cambio social no es posible sin decisiones voluntarias cargadas de valor, en su doble sentido de coraje y de argumentos éticos, el cambio y el desarrollo individual tampoco es posible sin el contacto con los demás, sin las relaciones con los otros, sin el diálogo con los demás pero tampoco sin el diálogo, la reflexión serena y la actuación concreta con nosotros mismos. La lucha y la apuesta firme por la transformación de la sociedad no pueden entenderse sin la decisión individual de prefigurar en nuestra conducta el modelo anunciado, sin hacer visible en lo cotidiano y lo concreto, en lo sencillo y sin importancia, aquellos valores y argumentos éticos que deseamos para los grandes proyectos y los objetivos últimos.

            Nuestro tiempo, ya lo decía Juan XXIII, es un tiempo esquizofrénico en el que pensamiento y sentimiento de un lado y palabra y acción por otro, han venido y continúan mostrándose completamente disociados, urge por tanto encontrar elementos y herramientas que nos permitan reestablecer la cordura y el sentido común capaces de aprovechar las extraordinarias posibilidades que tenemos de perfectibilidad, para lo cual resulta indispensable apostar por el valor de convivir ya que ni desarrollo social ni desarrollo humano pueden darse separadamente. Y es en este punto en el que habría que situar a la Ética como eje vertebrador del desarrollo y a la Educación como herramienta de desarrollo personal y de transformación social.

            Apostar por el valor de convivir significa en primer lugar rebelarnos con coraje ante el hecho de que vivimos en un planeta cuya supervivencia está en peligro. Los estragos del modelo de desarrollo socioeconómico que ya han sobrepasado los límites de sostenibilidad y en consecuencia el destino de la humanidad y la garantía de vida para las generaciones venideras no son posibles sin soluciones globales y actuaciones locales. Mientras que la quinta parte de los habitantes de nuestro mundo consuman el 86% de todos los productos y servicios del planeta y mientras que un solo país, como es Estados Unidos, que únicamente representa el 5% de la población mundial, consuma el 25% de los recursos disponibles del planeta (PNUD.1992), seguirá siendo inviable encontrar una salida real capaz de asegurar nuestro futuro como especie. Nunca antes en la historia de la humanidad se ha puesto tan de manifiesto la necesidad de encontrar salidas comunes a nuestra situación. Nunca antes ha sido tan visible la necesidad de convivencia, de cooperación, de intercambio, de justicia y de igualdad, valores que se constituyen, no en meras creencias mesiánicas e intimistas, sino ante todo en herramientas absolutamente necesarias para construir una nueva cultura capaz de encontrar salidas al problema común de nuestra supervivencia como especie. De este modo la convivencia ya no se constituye exclusivamente como un valor sino sobre todo en una necesidad objetiva a la que estamos irremisiblemente abocados, ya no sólo por nuestra propia naturaleza ontológica como seres humanos sino sobre todo por la situación histórica que nos ha tocado vivir y en la que se hace cada vez más imposible encontrar soluciones individuales y locales a problemas que se expresan globalmente y viceversa: encontrar soluciones universales a problemas que se concretan localmente.

            Sin embargo la apuesta por el valor de convivir va indisociablemente unida a la construcción y reconstrucción permanentes de dos tipos indispensables de cultura: la cultura de la coherencia y la cultura del diálogo.

 

La cultura de la coherencia

 

Actualmente en nuestras sociedades podría decirse que se ha roto el viejo uniformismo ético de corte autoritario que negaba la capacidad de los seres humanos para decidir lo que es bueno y lo que es malo. Los sistemas sociales cerrados basados en la adhesión inquebrantable a líderes carismáticos y en principios de moral heterónoma que se fundamentan en reglas de castigo/obediencia parecen haber desaparecido del planeta lo que ha sido corroborado por los últimos acontecimientos como la caída del muro de Berlín y la desintegración de la ex-Unión Soviética.

Estos hechos han puesto una vez más de manifiesto dos realidades íntimamente relacionadas y asociadas. Por un lado el renacimiento de un más que viejo modelo económico basado en la ganancia, el consumo incesante, la producción ilimitada y la explotación progresiva de recursos materiales y humanos y por otro la constatación de que, al parecer, el único horizonte político que tienen los seres humanos para su desarrollo es el basado en los principios de la soberanía popular y de la división de poderes.

Sin embargo y aunque aparentemente pueda percibirse que han desaparecido los sistemas político-sociales basados en seguridades y códigos morales únicos y que la democracia nos ha permitido instalarnos en sociedades tolerantes y axiológicamente plurales en las que es posible construir una ética cívica de mínimos basada en valores universales como podrían ser la justicia, la libertad, la igualdad o la solidaridad, el hecho es que estos valores se nos presentan de una manera paradójica y cada vez más contradictoria.

La pluralidad y la representatividad no han garantizado aún la construcción de esa ética cívica de mínimos, ocurre en la práctica más bien al contrario: en nombre de la tolerancia y de la delegación del poder se han ido desarrollando procesos y mecanismos que ponen de manifiesto, como la democracia puede ser también autoritaria y como la política puede estar perfectamente divorciada de la ética, a lo que hay unir por otra parte el hecho fundamental de que en las democracias constitucionales se está produciendo un vaciamiento progresivo de contenido social y económico ante las exigencias del expansionismo del mercado y del desarrollo descontrolado e ilimitado de las fuerzas productivas.

Vivimos en una situación de permanente confusión en la que el significado y el sentido de los valores están sujetos a cambios que pervierten la radicalidad, sustancialidad y universalidad  de los mismos. Hemos confundido la libertad con la capacidad de elegir mercancías o con el derecho a no poner límites a la propiedad privada. Pero también hemos cambiado la idea de la felicidad con la satisfacción inmediata de deseos e impulsos: el máximo de placer con el mínimo de dolor y de tiempo, el máximo beneficio con el mínimo de esfuerzo. Hemos trastocado la vitalidad y la energía espiritual en comodidad y bienestar material confundiendo también el desarrollo con el aumento de producción y riqueza. Creemos en suma en nuestra capacidad de decidir, de elegir, de votar, en nuestra posibilidad de desobedecer, de ser autónomos, independientes y libres, cuando en la práctica, en lo cotidiano, estamos en realidad obedeciendo a poderes impersonales  que actúan por debajo y más allá de los poderes constitucionalmente establecidos. Teledirigidos por el expansionismo del mercado hemos dado un paso más: ya no somos únicamente fuerza de trabajo que se vende, sino además productos intercambiables en el mercado de la personalidad, de la política o de las relaciones humanas, que al homologarse han diseñado un panorama de pensamiento único, cultura única y modelo social único.

Y si a esta situación planetaria de uniformidad y de escasez de democracia en lo económico y en lo social, se añade el fenómeno de que los fines originales pretendidos por una organización política o social se van transformando a medida que el consumo de poder se va haciendo mayor, en fines irreconocibles, el poder que al principio aparecía únicamente como un medio para transformar la sociedad, al final acaba convirtiéndose en un poder como fin en sí mismo, poder que termina por ser consumido en exclusiva por una especie de casta privilegiada a la que es casi imposible desplazar. El ámbito de lo político está cada vez más unido al consumo individual de poder y a la esfera de las apariencias, los protocolos, las liturgias, las ceremonias y los discursos ha contribuido a que el divorcio entre lo teórico y lo práctico se haga más profundo. Cada vez se hace más visible el auténtico origen del poder: cambian los gobiernos, cambian los partidos pero la naturaleza socioeconómica del poder no sólo sigue siendo la misma, sino que se nos aparece aún más fortalecida y más creadora de desigualdad.

Aquellos jóvenes que a comienzos de los años setenta luchábamos con pasión por las libertades democráticas y depositamos en ellas todas las esperanzas para un cambio no solamente de formas de gobierno, sino fundamentalmente de contenidos muy pronto tuvimos la oportunidad de aprender que debajo de todos los discursos y detrás de todos los programas volvían a aparecer fenómenos de explotación, de dependencia y de abuso del poder. Mientras que ingenuamente creíamos que depositando todos nuestros esfuerzos en la organización, seríamos capaces de utilizar el poder para satisfacer necesidades colectivas y servir a nuestros semejantes, pronto descubrimos que el modelo anunciado por nuestras propias organizaciones no se correspondía ni con nuestra conducta colectiva ni con nuestra conducta individual. Imbuidos por el militantismo y por el vanguardismo éramos capaces de cometer los más graves errores al mismo tiempo que ignorábamos las nuevas realidades: los procesos de extracción de plusvalía política de los militantes por los dirigentes; la negación de posibilidades de participación al situarse los propios dirigentes en situaciones de imprescindibilidad; el papel marginal asignado a las mujeres y a los jóvenes; la exigencia de adoración al carisma de los dioses-dirigentes en un clima organizativo en el que la disidencia y la heterodoxia eran perseguidas mediante la promoción de actitudes monolíticas y sectarias; la proliferación de actitudes de ambición, protagonismo... y en general conductas y prácticas organizativas e individuales en franca contradicción con los deseos y fines pretendidos para el conjunto de la sociedad.

¿Tenía sentido pregonar la necesidad de una sociedad fraterna, solidaria e igualitaria cuando en nuestras propias organizaciones no éramos capaces de conducirnos conforme a estos valores?¿En nombre de qué podíamos exigir a los demás que actuaran de una determinada manera cuando nuestro comportamiento cotidiano no era precisamente el reflejo de aquello que predicábamos?

Muy poco a poco y bamboleados por los oleajes del escepticismo fuimos descubriendo la necesidad de construir y reconstruir una cultura de la coherencia capaz de hacer visible en lo cotidiano y en lo concreto las aspiraciones y valores en los que creíamos, una cultura en la que el compromiso social entendido como acto de servicio a comunidades y a personas concretas debería ir parejo a la reflexión y a la crítica permanente de los mecanismos de producción, consumo y distribución del poder como fenómeno transversal a todas las organizaciones. Una cultura en suma capaz de:

  1. Comprender y combatir al mismo tiempo el fenómeno de la verticalidad, la jerarquización y el burocratismo de las organizaciones y sobre todo capaz de poner de manifiesto los peligros, los usos y los abusos de los procedimientos de delegación de poder mediante los cuales se produce la exclusión de las mayorías. Una cultura en suma capaz de recuperar el protagonismo de las bases, de garantizar la rotación de liderazgos, de acabar con las liturgias de adoración y culto a la personalidad que convierten a los dirigentes en dioses pastores y a los dirigidos en creyentes ovejas. En definitiva, una cultura de la comunicación abierta, de la transparencia y de la extensión de la más amplia democracia a cada una de las instituciones sociales.

  2. Apostar por una firmeza flexible y crítica capaz de asegurar el principio de la imprescindibilidad de nadie y de la necesidad de todos y que al mismo tiempo exige el estudio atento de las condiciones reales que posibilitan los cambios, no únicamente para adaptarse pasivamente a las mismas, sino sobre todo para aprovecharlas y  crear nuevas condiciones que permitan a su vez nuevos cambios. La mediación, el diálogo, el intercambio, la comunicación, la adopción de nuevas perspectivas, la negociación, serían los medios de este nuevo tipo de cultura, que aceptando la inevitabilidad de los conflictos, se enfrenta a ellos desde nuevas ópticas en las que las alternativas ya no residen en ganar o perder, sino en ganar y avanzar todos juntos. Firmeza flexible y crítica que es a su vez radicalidad que no puede tolerar lo intolerable y que partiendo de la raíz de la aberrante realidad de injusticia de las grandes masas de desposeídos y sin voz de nuestro tiempo, hace al mismo tiempo lo posible cercano hoy para permitir la realización de lo que nos parece imposible lejano mañana.

  3. Extender el compromiso ético a todos los ámbitos de la convivencia, haciendo visible en lo concreto, lo sencillo y cotidiano los grandes fines de justicia, igualdad y solidaridad que pregonamos, lo que significa ampliar el territorio y el escenario de la lucha a todos los espacios en los que nos desenvolvemos y desarrollamos como individuos. Una cultura que construye el conocimiento partiendo de la práctica y que al representarlo y expresarlo lo devuelve otra vez a la práctica para recrearlo y volverlo a construir. Simbiosis de práctica y teoría como elemento sustancial de la coherencia generalizada a todas las situaciones en las que vivimos: coherencia en la familia, coherencia con el grupo de iguales, en el trabajo, en las instituciones, y sobre todo coherencia que no excluye y anatematiza el error sino que lo asume como necesidad y lo utiliza como herramienta para la obtención de una coherencia mayor que no se deja paralizar ni por el lamento ni por la culpabilidad.

 

La cultura del diálogo

 

            Aprender a estar en el mundo, aprender a convivir no es otra cosa que aceptar que cada persona posee en su interior la capacidad de atribuir significados a la realidad. La cultura y la identidad ya sean estas individuales o colectivas no son otra cosa que la expresión concreta de nuestra capacidad de leer y comprender nuestra realidad, la interior y la exterior. En consecuencia el diálogo y la apertura a los demás son características de lo seres humanos que proceden tanto de su carácter como ser social como de su función como ser creador de cultura.

            No puede entenderse la coherencia y la participación democrática sin la posibilidad del diálogo. El diálogo es al mismo tiempo medio y fin, continente y contenido, ética y estética. El diálogo es una exigencia estratégica dirigida a la contemplación de los intereses de todos los afectados, es objetivo y método de desarrollo individual y social que se convierte en exigencia de la naturaleza humana y de la propia opción democrática. El diálogo es en suma la base de la comunicación humana que como tal es la fuente de la construcción de la objetividad como intersubjetividad compartida.

            El diálogo es también búsqueda y esperanza, duda y certeza y sobre todo pregunta que permite interrogar al sujeto sobre sí mismo y aprender del otro con quien convivo. Es en suma una actividad gnoseológica que expresa en lo concreto nuestra posibilidad de conocer (FREIRE, P. 1997. 103)

            No es posible transformar la sociedad, comprometerse socialmente, desarrollarse como persona y apostar por el valor de convivir si no es a través y por medio del diálogo lo que traducido a la coherencia de nuestras conductas personales significa también ser capaz al menos de dos cosas:

  1. Escuchar y captar la singular melodía que cada persona interpreta. Ser capaces de atención y concentración para comprender no solamente el contenido de los mensajes, no solamente los “qués” sino sobre todo los “cómos”, porque como generalmente suele suceder, los auténticos mensajes, las intencionalidades más verdaderas se ocultan detrás de las razones explícitas y aparecen en las formas, los tiempos y los espacios. Sin el desarrollo de la capacidad de escuchar no puede esperarse el desarrollo de la capacidad de dialogar.

  2. Analizar y comprender la complejidad de las relaciones de las personas entre ellas y con el mundo. Percibir las particularidades de cada situación concreta intercambiando las lecturas que cada individuo y cada grupo hace de la realidad. Extraer los denominadores comunes y las convergencias de cada situación, construir en suma lo que nos une y aceptar que la diversidad y la singularidad culturales son aspectos que dan valor e identidad a la especie humana y que por tanto no pueden convertirse en argumentos de exclusión, discriminación o dominación.

 

Aunque la cultura de la coherencia y la cultura del diálogo son indispensables para reconstruir los nuevos compromisos sociales y el valor de convivir, la suma de conductas individuales no pueden traducirse en fuerza colectiva sin una nueva cultura de la organización, más abierta y sensible a los viejos y nuevos problemas de los seres humanos y sobre todo más capaz de crear nuevos instrumentos y medios de transformación social en base a una ética dialógica que tomando en consideración los intereses de todos los afectados garantice en la práctica la más amplia participación.

Esta nueva cultura de la organización coherente y dialógica requiere al mismo tiempo de capacidad crítica y creativa capaz de generar nuevas posibilidades de intervención social que vayan más allá del mesianismo, del fundamentalismo y de la uniformidad pero al mismo capaz de articular amplios movimientos de acción social con la suficiente fuerza para poner las políticas y las instituciones al servicio de las necesidades humanas, lo que traducido en términos éticos significaría apostar :

  1. Por el valor de la esperanza como necesidad ontológica indispensable para poder caminar, como fe apasionada en la capacidad que tenemos los seres humanos de perfectibilidad, como apuesta sin reservas por el convencimiento contrastado con los hechos de que siempre es posible hacer algo por pequeño que sea y sobre todo por la constatación de que los caminos y los métodos no pueden diseñarse a espaldas de la realidad sino en interacción permanente y dialéctica con ella, o como diría el poeta: caminante no hay camino, se hace camino al andar.

  2. Por el valor de la valentía como coraje indispensable para aceptar el riesgo como una necesidad que estimula nuestra capacidad de crear y también como firmeza para considerar que son los hechos los que configuran las realidades, y que en consecuencia hay que partir siempre de ellos para llegar a ellos. Valentía para afrontar los retos mediatos e inmediatos, lejanos y cercanos y sobre todo para saber conectarlos con los compromisos cotidianos y con nuestra conducta diaria.

  3. Por el valor de la humildad que nos iguala en la condición de seres humanos y que nos aleja de la ambición, del protagonismo y de sentirnos imprescindibles, al mismo tiempo que nos orienta en nuestra capacidad para la reflexión serena sobre nuestros errores y en la adopción de medidas para corregirlos. Humildad como valor que considera el poder como una posibilidad para transformar y perfeccionar la realidad, humildad en suma que hace uso del poder como capacidad para servir a los demás y satisfacer las necesidades de todos los seres humanos.

  4. Por el valor de la alegría como soporte de la esperanza y que combinada con el sabor del humor es capaz de adoptar al mismo tiempo una actitud de valentía y de prudencia, de tolerancia y de firmeza, necesarias para descubrir que todo no se puede hacer al mismo tiempo pero también que muchas veces no hay que estar esperando a que se den todas las condiciones objetivas para comenzar la tarea. Alegría en definitiva capaz de relativizar puntos de vista, capaz de hacer síntesis complejas y capaz de iluminarnos para no tomarnos demasiado en serio y darnos así la oportunidad gozosa de iniciar nuevos proyectos, de adoptar nuevas iniciativas.

 

Para transformar la sociedad en el sentido de superar el desorden mundial y las monstruosas injusticias y desequilibrios a los que hemos llegado no hay recetas particulares. No existen fórmulas simples para resolver problemas complejos, no hay fórmulas organizativas únicas capaces de dar respuesta por sí solas a los retos del tiempo que nos ha tocado vivir. El compromiso social hoy requiere de nuevas culturas y nuevos valores que no pueden emerger si no es a través de nuevos procesos de comunicación y de convivencia: al pensamiento único y a los modelos únicos no se les puede combatir desde la simplicidad y el monolitismo, sino desde la diversidad y la complejidad.

Ser capaces de diversificar nuestra lucha cotidiana contra la injusticia local y mundial. Ser capaces con terquedad de articular nuevos procesos organizativos y nuevos frentes de lucha alternativos con posibilidades reales de ir torciendo poco a poco ese oscuro porvenir al que nos ha sometido un modelo económico que no sirve para satisfacer las necesidades de todos. Ser capaces en suma de hacer lo posible hoy y de ir tejiendo desde lo cotidiano las redes que permitirán construir para mañana lo que nos parece imposible en el presente, significa en definitiva apostar por herramientas capaces al mismo tiempo de transformar transformándonos, de desarrollar desarrollándonos, de sembrar sembrándonos y de entre estas herramientas la más transversal y la más necesaria es sin duda la Educación.

Sí, la Educación. La Educación que siendo consciente de que por sí sola no puede nada sin la voluntad política y el concurso de las fuerzas sociales e institucionales, permitiría crear las bases para la liberación primera y más necesaria de todas: la de nuestras conciencias, hoy oprimida y manipulada intelectualmente cualquiera que sea nuestro estatus social. Liberar nuestra conciencia es la primera condición para nuestra liberación social: recabar la autonomía del pensamiento crítico frente a la cultura unidimensional es condición indispensable para avanzar hacia el próximo milenio con alguna esperanza, (BLANCO, J.A. 1999.) Una Educación liberadora y creadora de:

±        Una cultura de la solidaridad que rechaza la marginación y la exclusión de sectores sociales y de países completos condenados a la miseria.

±        Actitudes pacifistas beligerantes que hagan frente a la violencia estructural e institucionalizada y se opongan radicalmente a la guerra como medio para dirimir los conflictos, así como a los medios y condiciones infraestructurales que la hacen posible.

±        Sensibilidad humana ante las numerosas miserias e injusticias que el actual modelo de desarrollo económico nos ha proporcionado y que ha transformado también a ciudadanos libres en pasivos consumidores.

±        Una ética que anteponga el ser al tener y que considere el poder como servicio a los demás.

±        Nuevas fórmulas políticas y económicas que hagan frente a las lógicas del mercado que imposibilitan el ejercicio político, la cultura y los derechos humanos.

±        Valores capaces de argumentar actitudes y de impulsar a acciones más justas, más respetuosas con la diversidad cultural y más eficaces con el cumplimiento de los derechos humanos.

 

 

En Camas (Sevilla) a 13 de marzo de 2000

 

Referencias Bibliográficas

 

BLANCO, J.A. (1999) “Tercer milenio. Una visión alternativa a la posmodernidad”. TXALAPARTA.

BRUCKNER, P. (1996) “La tentación de la inocencia”. Barcelona. ANAGRAMA.

DE MELLO, A. (1982) “El canto del pájaro”. SAL TERRAE.

FREIRE, P. (1997) “A la sombra de este árbol”. EL ROURE.

MORIN, Edgar (1995) “Mis demonios”. KAIRÓS.

 

 

 

 

 

 

 



í Orientador del IES CAMAS de Camas (Sevilla)