LA
EVALUACIÓN INSTITUCIONAL:
CONCEPTOS TEÓRICOS
Richard Slmoneau*
INTRODUCCIÓN
Lo que se da en llamar evaluación
universitaria o evaluación institucional corresponde a un conjunto de prácticas,
métodos, conocimientos bien diversificados y progresivamente desarrollados en
el transcurso de los años con el objeto de dar respuesta a una necesidad específica:
la de una mejor gestión de la universidad. Ello implica favorecer en la
universidad todo aquello que le permita alcanzar sus objetivos de enseñanza e
investigación y fortalecer la calidad de sus actividades.
La concepción que tenemos de la evaluación
institucional ha evolucionado sin cesar, particularmente en el decurso de los 30
a 40 últimos años. La misma se explica en gran parte por los cambios ocurridos
en la universidad en lo que concierne a sus orientaciones, su organización
interna y sus relaciones con la sociedad.
Evaluar la universidad quiere decir emitir un
juicio de valor a propósito de la pertinencia y la razón de ser de sus
objetivos, su grado de cumplimiento y la forma en que han sido alcanzados.
Evidentemente, todo eso no es nada simple. Ni especialistas en evaluación y ni
los mismos representantes del medio universitario han logrado ponerse de acuerdo
sobre la manera de proceder.
Tampoco existe consenso en lo que respecta a
la jerarquía de valores educativos y sociales que deben ser tomados en cuenta
por la universidad. Hay múltiples modelos universitarios. Tenemos la institución
de masas centrada en la accesibilidad o la que tiene como eje principal el de la
formación profesional del mayor número de personas posibles; junto a ésta
tenemos igualmente la institución elitista dedicada a la educación liberal o
la que se encarga de promover la investigación o los estudios avanzados.
Valores tan diferentes como lo son la equidad entre los diferentes grupos y los
sexos, el desarrollo económico y técnico o la eficiencia administrativa se
encuentran entre los que definen la misión de las universidades modernas junto
con los que persiguen la excelencia en la enseñanza y la investigación.
Como organización, la universidad es la
mezcla particular de burocracia administrativa, de colegiatura, de relaciones
políticas y sindicales y de individualismo profesoral. Los teóricos de la
gestión, ellos mismos universitarios
de gran relevancia, lo han calificado de sistema de
“anarquía organizada” o de “anarquía productiva”.[1]
Los objetivos de la universidad son, además de innumerables, muchas veces difíciles
de identificar o definir de manera precisa. Los mismos son adoptados y
perseguidos paralelamente en numerosos niveles - cursos y proyectos
individuales; programas de actividades de departamentos y facultades;
instalaciones y servicios generales - sin que por lo tanto los mismos se
encuentren bien integrados y coordinados.
Los profesores, el administrador, el
profesional de apoyo o el estudiante se forman cada uno una concepción
diferente. Así mismo, los diferentes sectores de actividad - pensemos en las
artes y humanidades, en las ciencias, en las profesiones - tienen su propia visión
acerca de los objetivos y parámetros de funcionamiento universitario.
La enseñanza y la investigación son
actividades creadoras, muy complejas, cuyos atributos esenciales han sido más o
menos comprendidos. Algunos consideran que la pertinencia o la calidad de sus
actividades pueden difícilmente
ser evaluadas del exterior puesto que sus principales efectos son intangibles o,
más aún, sólo pueden percibirse a muy largo plazo.
No obstante y a pesar de todo ello, la
evaluación institucional no sólo se realiza desde hace mucho tiempo sino que
también ésta no ha dejado de desarrollarse. Sin embargo, el grado de
popularidad de la misma varía según la época y el lugar; ello se explica por
un número de razones
Algunas veces es su falta de profundidad,
otras es la simplicidad de sus métodos, los que son objeto de críticas.
Algunas veces, inclusive siendo de calidad, molesta, aunque sea por el hecho de
que con frecuencia tiene como resultado de la disminución de las
responsabilidades o de los recursos de los departamentos, los que ya contaban
con anterioridad a la evaluación la responsabilidad de evaluar a sus profesores
y estudiantes. Aún más, sus objetivos de examen, sus pretensiones con respecto
a la exactitud, léase la verdad, hacer que la idea misma de la evaluación se
presente como algo molesto. La evaluación cae entonces a las universidades como
la crítica a los artistas y creadores. La crítica, decía un conocido autor
francés “es propia o de las personas extremadamente orgullosas o lo
suficiente viejas como para probar su propia incapacidad” (S. Guitry). “El
crítico, decía otro, narra las aventuras de su alma pasándose en medio de los
grandes directores” (A. France).
·
Evolución de las prácticas
de evaluación
¿La desconfianza o la resistencia que provoca en
los universitarios la idea de la evaluación encontrará una explicación en el
hecho de que ésta nació, históricamente, al exterior de la universidad?
En América del Norte, en todo caso, fueron
primeramente las profesiones y luego los gobiernos y grupos sociales - los
empleados o los consumidores de servicios - los que más han compartido la idea
de la evaluación institucional (una interpretación más cuidadosa debe hacerse
en lo que respecta al caso particular de la investigación subvencionada, la que
desde hace mucho tiempo es evaluada por investigadores del mismo nivel que los
que solicitan la subvención llamados los pares). Con frecuencia, la evaluación
ha ingresado a la universidad como una técnica, no siempre bien adaptada, con
muchas dificultades para justificarse en el marco de una teoría rigurosa.
La evaluación institucional remonta a
finales del siglo XIX y se identificó primeramente con lo que actualmente se
llama acreditación. Fue impuesta por los gremios de profesionales con el objeto
de reglamentar el acceso al ejercicio profesional, por lo que tenía como
finalidad juzgar el valor de los diplomas emitidos por la universidad. Para
estar reconocido y autorizado, los programas universitarios debieron ajustarse a
un cierto número de parámetros que iban de las condiciones de admisión de los
estudiantes al número y calificaciones de los profesores. Dichos parámetros
eran verificados periódicamente mediante visitas o informes de evaluación con
fines de acreditación. Históricamente fue la profesión médica la que inició
el movimiento, seguida por una multitud de grupos; actualmente representados por
unas cincuenta asociaciones de acreditación profesional.
La idea de la acreditación encontró en la
universidad de la época un terreno fértil de difusión debido en gran parte a
que las mismas representan agrupaciones profesionales.
Después de la primera Guerra Mundial
aparecieron en los Estados Unidos de América los primeros grandes organismos
regionales encargados de acreditar a las propias universidades y cuyas
actividades continúan en la actualidad.
Según la literatura especializada, la
filosofía y los métodos de acreditación no han dejado de evolucionar y de
progresar pasando de un modelo centrado, en sus inicios, en parámetros
cuantitativos bastante rígido y en el examen externo de los objetivos
institucionales, a otro que, en el extremo opuesto, utiliza procedimientos de
autoevaluación realizada por los mismos establecimientos y basada en criterios
más cualitativos. De todas maneras, se señala que lo principal de la
acreditación, tal y como fue concebida durante mucho tiempo, es el de haber
suscitado la realización de trabajos pre-formateados y sin grandes
consecuencias; una gran mayoría de establecimientos y unidades que producían
los informes requeridos por los organismos externos lo hacían más bien con el
propósito de obtener su aprobación que con el de autoevaluarse.
El modelo de acreditación que existe
actualmente -con toda la importancia que le otorga al examen de los recursos,
humanos, materiales y financieros, a la claridad de las misiones y objetivos
institucionales, a la demostración de cumplimiento de los objetivos
institucionales - es un modelo que se generalizó verdaderamente a partir de los
años 50 y 60.
Fue en esa misma época que las universidades
norteamericanas experimentaron una verdadera revolución, con la explosión de
su clientela, la multiplicación de los campus
y programas, principalmente en el sector público, un alza considerable de sus
recursos y presupuesto, y el desarrollo de los servicios administrativos y
profesionales internos. La intervención de los poderes públicos, con sus
objetivos de coordinación de los sistemas universitarios, la llegada de
administradores profesionales y analistas con sus ideas de decisiones racionales
y de cambio contribuyeron a aumentar y renovar singularmente la concepción y la
práctica de la evaluación universitaria ampliándola más allá del estricto
marco tradicional. Las palabras claves se vuelven no sólo la calidad, sino
también la accesibilidad, la eficiencia, la complementariedad y la
imputabilidad, sobre todo para establecimientos financiados con fondos públicos.
En esa época, la planificación se
generaliza a nivel de todo el Estado, las universidades con campus múltiples y
los establecimientos particulares. La planificación transmite la idea de
previsión de necesidades futuras, de determinación racional de objetivos, de
asignación óptima de actividades y recursos y de verificaciones periódicas de
los resultados. De esta forma, la evaluación será ampliamente utilizada; ésta
se convierte por así decirlo en la llave maestra, al menos en teoría, de
cualquier empresa planificadora dado que es ella la que le asegura su carácter
racional, mediante un análisis riguroso de la situación, de los problemas, de
las necesidades internas y externas; la misma le asegura igualmente su carácter
continuo, al convertirse en el inicio y el fin del proceso de planificación, es
decir el punto de vinculación de un ciclo de planificación con el siguiente.
Si en teoría todo ello es válido, en la
realidad las cosas son muy diferentes, los planes de desarrollo universitario de
los años 60 en América del Norte fueron únicamente grandes catálogos de
nuevos proyectos que no evaluaron lo que ya existía, o grandes obras teóricas,
con orientaciones de largo alcance que tenían muy poco impacto en los programas
o en el presupuesto universitario. Para remediar estos vacíos, gobiernos y
universidades desarrollan, con frecuencia, en paralelo al “plan maestro” lo
que se llamó “los ingresos de los programas”. En ciertos casos, dichos
ingresos se elaboraron teniendo en cuenta los informes de acreditación; en
otros, era necesaria la producción de trabajos de evaluación según formatos,
procedimientos y plazos específicos. Así mismo, se agregan a los criterios
usuales de acreditación otros como el de complementariedad y pertinencia
institucional de los programas y proyectos, las necesidades socioeconómicas, la
eficacia y los costos de funcionamiento.
Corriendo el riesgo de ser muy esquemático,
por la necesidad de ser breves, puede decirse que hacia los años 80 se produce
otro gran cambio de rumbo en la filosofía y en la práctica de la evaluación
universitaria, derivándose la problemática que está en vías de predominar
actualmente en América del Norte.
A finales de los años 70, la educación
post-secundaria norteamericana entra en una triple crisis: demográfica (es el
fin del crecimiento acelerado de su
clientela); fiscal y financiera (debido a la forma dominante de financiamiento,
basado en las inscripciones); política, en la que hay que considerar además la
insatisfacción con respecto de las universidades y los establecimientos de
educación en general expresada por muchos sectores de la sociedad. Por otra
parte, las nuevas limitaciones en el plano de los recursos invitan a adoptar una
estrategia de comprensión presupuestaria y de racionalización de programas.
Era para las universidades, la hora de “defenderse” y de hacer la
planificación estratégica.
Sin embargo, y como si todo esto fuera poco,
los problemas económicos, principalmente en los Estados Unidos, colocan al
sistema de educación y a las universidades como una de las principales
responsables de la caída de la competencia de las empresas y de su falta de
innovación. De acuerdo con la opinión de los empleadores y los resultados de
análisis nacionales las habilidades de los graduados universitarios aumentan,
uno de cada dos estudiantes abandonan sus estudios; los buenos estudiantes ya no
tienen interés en hacer carrera como profesores y de hecho no lo hacen, lo que
acentúa los problemas del sistema escolar. Las universidades han sido entonces
invitadas a evaluar de forma más rigurosa los resultados concretos en los que
desembocan sus actividades de formación. Es la hora de “outcome assessment”,
la corriente dominante en los años 80.
La filosofía que sustenta el “outcomme
assessment” o “evaluación de resultados”
no es nueva. Unos de sus inspiradores, A. Astin, asentó sus principios
directores desde 1968, en un artículo de la revista Science2:
los criterios tradicionales de evaluación utilizados para la acreditación, decía,
centrados en primer lugar en el estado de los recursos (bibliotecas bien
equipadas, altos gastos por estudiante, altas calificaciones de los profesores,
tasas severas de admisión, una baja relación profesor/estudiante) no tienen
ningún valor científico, y las investigaciones efectuadas muestran que las
mismas casi nunca están correlacionadas con el grado de competencia adquirido o
con el éxito de los estudiantes. Astin declaraba igualmente que dudaba mucho de
los postulados generales de los organismos de acreditación, como por ejemplo el
que pretendía “la claridad de los objetivos institucionales era uno de los
factores más importantes de la calidad”; nada lo confirma o lo niega, decía.
Los criterios corrientes de acreditación,
según él y muchos otros expertos de la misma escuela, sólo son medidas de la
calidad universitaria. Para percibir la calidad, es necesario ante todo
centrarse en los resultados, es decir en los rendimientos y cualidades
alcanzados por los estudiantes, para luego analizar las fuerzas y debilidades de
los programas, así como la eficiencia de la gestión académica. Si se analiza
el bagaje de conocimientos y habilidades poseídas por los estudiantes a su
ingreso, en ciertas etapas de sus estudios y la salida de la universidad; si se
examina con atención el contenido y el funcionamiento de los programas y los
servicios, es posible, decía Astin, no sólo llegar a
conclusiones significativas sobre la capacidad de las universidades para
responder a objetivos previamente establecidos de desarrollo de los estudiantes
- lo que sigue siendo su principal objetivo - además aseguran su calidad. Ello
puede realizarse de manera rigurosa o científica, por ejemplo, mediante
estudios longitudinales y modelos de análisis multivariados.
La filosofía que fundamenta la corriente del
“outcome assessment” que fue durante mucho tiempo menospreciada por los
universitarios, dado que marca un retorno hacia ciertos valores fundamentales,
es en general ineludible. La evaluación científica de la pedagogía y de las
cualidades tropieza sin embargo con una cuestión fundamental. La mayoría de
los especialistas están de acuerdo en afirmar que gran parte de la evolución
de los estudiantes, de sus éxitos y fracasos es imputable a factores exógenos
a los programas universitarios propiamente dichos (experiencias informales o
complementarias de formación, de socialización, antecedentes familiares y
sociales, etc.). Precisar la contribución propia de los establecimientos, de
los programas o de los profesores es
entonces una tarea bien compleja. Ello exige estrategias de evaluación
complejas, costosas y largas, tanto más difíciles cuanto más tenga interés
en operar a gran escala. Por tales motivos es adecuado pensar que esta limitación
por si solas justifica el recurso a otros procedimientos de evaluación
universitaria paralelos, menos “científicos”, más tradicionales.
Para complementar esta parte histórica, subrayemos
que hay otro factor que ha influenciado enormemente la evolución de las prácticas
de evaluación institucional durante los años 80, a saber, la generalización
en las universidades norteamericanas de los métodos de planificación y de
gestión llamados estratégicos. Con la introducción del enfoque estratégico,
el énfasis ya no recae tanto sobre la producción de un plan de desarrollo como
en su aplicación, sobre los efectos concretos del plan en la gestión
universitaria. Un buen plan estratégico es ante todo una guía para la acción;
el plan es entonces más sucinto que voluminoso, selectivo y apoyado en las
prioridades más que en la planificación exhaustiva, más operativo que teórico
o analítico. Un buen plan estratégico incluye mecanismos de seguimiento y
reformulación actualizada de las recomendaciones; el mismo es concebido para
influenciar las decisiones presupuestarias, etc... La concepción de la evaluación
institucional evolucionó mucho bajo la influencia del enfoque estratégico. Lo
mas importante, se piensa cada vez más, no reside en la elaboración del
informe de evaluación, sino sobre todo en prepararlo de tal forma que se
maximicen sus probabilidades de producir efectos concretos; su objetivo no es el
de ser lo más completo posible, sino más bien el de ser selectivo en la
determinación de los sujetos, identificar los problemas prioritarios que es
realmente posible analizar y que tienen mayores posibilidades de ser
solucionados. Se considera así mismo que la evaluación debe integrarse lo más
posible a los ciclos regulares de planificación y de gestión de los
establecimientos: ello impone evidentemente todo tipo de limitaciones, pero los
efectos benéficos de esta manera de proceder son mucho mayores.
Teorías y métodos de evaluación.
Hemos dicho que la evaluación universitaria
se desarrolló mucho bajo la presión de sectores exteriores a la universidad.
Primero fue una práctica concebida para responder a necesidades de gestión.
Los trabajos de evaluación fueron con frecuencia efectuados con los medios de
que se disponía, tomando en cuenta más bien los mandatos administrativos y sus
plazos, los recursos y datos disponibles, que los cánones de la teoría. Podría
decirse que el evaluador nunca tiene tiempo para analizar y responder a todas
las interrogantes que deberían serlo en un contexto ideal. Su desafío es el de
tener en cuenta en forma equilibrada las limitaciones de orden práctica y los
modelos teóricos o las reglas de arte. Si pone mucho énfasis en el “rigor”
o en la “calidad”, corre el riesgo de terminar sus trabajos con un gran
atraso y de presentar un trabajo desfasado. Si privilegia mucho la eficacia a
corto plazo y la productividad, corre el riesgo de producir informes
superficiales y simplistas.
La evaluación institucional se interesa en
principio en todos los aspectos del funcionamiento y el desarrollo de las
universidades; la calidad de los cursos, los programas, los departamentos
universitarios; la formación de los estudiantes, la integración
socio-profesional de los graduados; la gestión de los cursos docentes, el
desarrollo de la investigación; el estado de los recursos materiales y
financieros; el funcionamiento de las grandes instalaciones y los servicios de
apoyo a la enseñanza y la investigación; las relaciones con el mundo exterior;
etcétera.
La evaluación toma sus teorías y sus métodos
de un gran número de disciplinas: psicología, sociología, pedagogía, economía,
gestión, matemáticas, estadísticas... Se apoya igualmente en un gran número
de técnicas: cuestionarios, test, entrevistas y observaciones, análisis
cuantitativos, monografías. Se ha desarrollado con la ayuda de todo tipo de
instrumentos (taxonomías de objetivos y resultados, test de medidas de aptitud,
bases de datos sociodemográficas o financieras, encuestas de actualización,
etc...) desarrolladas por los expertos, o comercializadas por empresas
especializadas, algunas de ellas en gran apogeo.
Elaborar un cuadro simple y comprensivo de
este inmenso campo de actividad constituye todo un desafío.
PARÁMETROS
CLAVES.
En la introducción de un libro reciente de
OCDE sobre la evaluación de la educación superior. Maurice Kogan, inspirándose
en contribuciones de diversos especialistas, enunció una decena de preguntas
que describían bien, desde su punto de vista, los desafíos esenciales o los
parámetros claves de evaluación universitaria, en el plano de la filosofía y
en el plano metodológico. Analicemos juntos algunas de ellas.
La primera: ¿Quién determina los objetivos
y los criterios de la evaluación? (¿La dirección de la universidad, sus
unidades de base, el medio externo?) ¿...y cuáles son dichos criterios? (¿Cualidad,
oportunidad, eficiencia, complementariedad?) Es evidente que, dependiendo de cómo
sean determinados los intereses y las preocupaciones, los métodos y
procedimientos, así los resultados variarán enormemente.
Por otra parte, ¿Que es lo que desea evaluar
principalmente? (¿los recursos, las actividades y procesos, los resultados, los
impactos?) Hemos visto que el enfoque de la acreditación, en el sentido más
tradicional hace mucho énfasis en la disponibilidad y la calidad de los
recursos (profesores, presupuestos, bibliotecas, espacios) los que son
considerados como garantes de la calidad de los programas de servicios. Tenemos
aquí una perspectiva que calza con las creencias de la mayoría de los
universitarios. Hemos visto que el enfoque centrado en los resultados
(competencias adquiridas, o aún más, diplomas otorgados, citaciones,
publicaciones realizadas) es el enfoque privilegiado tanto por los partidarios
de una evaluación más “científica” de la universidad como por otros
grupos. Los financieros externos, o los administradores universitarios se
interesan cada vez más en la evaluación del impacto o la razón de ser de los
programas. Cada uno de los métodos propuestos supone métodos, indicadores y
habilidades muy diferentes.
Otra pregunta importante es la siguiente: ¿Nos
apoyamos en hipótesis y en un enfoque analítico preciso? De una parte tenemos
los partidarios del enfoque experimental, o de la investigación evolutiva, que
desean proceder a evaluar con hipótesis preestablecidas, un grupo de control,
una medida de los efectos de las intervenciones en el tiempo y en el otro
extremo nos encontramos con los adeptos de una evaluación más impresionista o
periodística, que colectan informaciones y que se basan en las reacciones y
comentarios de los interesados para fundamentar sus conclusiones.
Otra pregunta vecina de la anterior: ¿Qué
fuentes de información y qué datos serán utilizados en la evaluación? ¿Se
intentará definir verdaderos indicadores? ¿Podrá contarse con bases de datos
confiables y accesibles? ¿Si no, trataremos de validar las informaciones
utilizadas, de verificar su grado de confianza?
Por otra parte, ¿ se trata de una evaluación
puntual o ad hoc o de un estudio
realizado de acuerdo con procedimientos bien definidos para responder a una política,
o para inscribirse en un ciclo regular de actividades? ¿El análisis
comprende toda la población o solamente una muestra de ella? Los
especialistas distinguen también generalmente entre las evaluaciones de tipo
formativo, que tienen por finalidad mejorar la comprensión y funcionamiento de
las cosas, y las evaluaciones de tipo obligatorio o estatuarias, destinadas a
apoyar la toma de decisiones. Finalmente hablan de la evaluación instrumental -
cuando se trata de trabajos ampliamente controlados por expertos - y de evaluación
interactiva o participativa, cuando dichos trabajos reciben, ampliamente, la
influencia de los sectores directamente implicados.
Dependiendo entonces de la forma en que se
combinen todos esos rasgos característicos los trabajos de evaluación
obtenidos tendrán un perfil extremadamente diversificado, que podrá incluir
todos los contenidos y ofrecer casi todos los estilos imaginables.
LOS FACTORES DEL ÉXITO Y DEL FRACASO.
Todo lo anterior no quiere decir que todos
los modelos y todas las estrategias son válidas. Así, conviene señalar la
existencia de una enorme literatura especializada sobre las cosas que pueden
hacerse, sobre los factores del éxito y del fracaso en evaluación.
Uno de los que se interesan en dicho sujeto
hace mucho es Richard I. Miller, quien sostiene que la evaluación sólo produce
buenos resultados en una organización verdaderamente abierta a la innovación y
al cambio, y en el que una mayoría de los interesados comparten la idea de que
una perspectiva crítica puede ser la fuente del mejoramiento y del progreso.
Aunque las ideas conservadoras con todavía numerosas en el medio universitario,
por lo que la evaluación puede ser percibida algunas veces, o con frecuencia,
como una molestia, con respecto a las maneras normales de funcionar, o como una
amenaza de algunos intereses ya instalados, departamentales o individuales.
Considerando entonces las posibilidades de
resistencia, es extremadamente importante, así lo subrayan todos los expertos,
que la dirección de la universidad esté realmente de acuerdo, aunque sea, con
la política, o con el proyecto de evaluación, manifestándoselo claramente a
los interesados. Caso contrario, sería mejor no hacer nada.
La tercera condición del éxito: los
problemas discutidos, los métodos empleados deben ser objeto de un cierto
consenso. Ello nos conduce a hablar de la concepción del estudio, lo de la pre-evaluación,
la que es considerada por muchos como etapa crucial de los trabajos, y
desgraciadamente, como la etapa menos tomada en consideración.
Al momento de la pre-evaluación, las
personas que poseen la mejor percepción del clima, de la situación imperante
en el establecimiento, ayudados por algunos expertos en investigación
institucional, tratan de planificar el desarrollo del estudio. Discuten,
consultan, para delimitar mejor los riesgos y sujetos e identificar los asuntos
prioritarios; evalúan la factibilidad política, técnica y financiera de
diferentes escenarios de trabajo. Finalmente, optan por ciertos objetivos y
estrategias. Blancos muy ambiciosos, problemas muy difíciles de resolver, métodos
de trabajo litigiosos, cuyo sentido no es del todo claro, todo ello puede tener
consecuencias negativas, y ello desde el comienzo de los trabajos. Desde los
inicios, innumerables factores presionan los comités de evaluación a actuar
con rapidez, en momentos en los que nada les es más importante que tomarse el
tiempo necesario para reflexionar y prepararse bien. Por que la mejor evaluación
es aquella que es concebida para responder de la mejor manera posible al
contexto y a las necesidades de un establecimiento.
Una cuarta condición de éxito: reunir
recursos humanos y materiales en cantidad y calidad suficientes. Ello parece ser
una evidencia. Y sin embargo, con frecuencia constituye un desafío el lograr
dotarse de “las ambiciones que corresponden a nuestros medios” faltos de
poder dotarse de “los medios que corresponden a nuestras ambiciones”.
LOS MECANISMOS APROPIADOS DE COORDINACIÓN Y DIRECCIÓN (COMITÉ AD HOC, OFICINA DE PLANIFICACIÓN, VICERRECTORES, ETC...)
Otras condiciones que son mencionadas con
frecuencia en la literatura: una participación activa de profesores y sobre
todo de los que ejercen el liderazgo; un programa de trabajo sujeto a una buena
publicidad y conteniendo comunicaciones eficaces, para que los objetivos sean
bien comprendidos; una dirección sabia y eficiente; una época favorable, es
decir al exterior de los períodos de punta y cuando la moral interna está en
su mejor nivel.
Algunos otros preceptos son igualmente
citados con regularidad: en un medio nuevo, comenzar modestamente, resistiendo a
la tentación de querer analizar y solucionarlo todo. Hay que dejar al tiempo
realizar su trabajo. Una mentalidad, o una cultura de organización, se dice con
frecuencia, no puede cambiarse en menos de diez años. Así pues, hay que tomar
los plazos de la organización con mucha seriedad, entregar los trabajos a
tiempo y evitar la investigación de gran profundidad y la perfección; dado que
toda evaluación será siempre imperfecta, no habiendo sido aún definido por
los teóricos, según sus propias opiniones, el modelo perfecto.
Aún concebido y conducido impecablemente, la
evaluación tendrá siempre sus defectos: obstaculiza un poco las libertades; es
costosa en tiempo, dinero y energías; distrae a los interesados de sus
obligaciones principales; o peor aún, provoca desviaciones de objetivos
“publicar por publicar” producir el mayor número de graduados posible,
inflar las cifras de inscripción o de subvención, etc.
La evaluación, por otra parte, muy raramente es
neutra. Tampoco tiene siempre toda la profundidad deseada. Sus efectos con
frecuencia dejan mucho que desear. Y otros muchos.
Sin embargo, muchas evaluaciones tienen consecuencias felices, aún desde el punto de vista de los evaluados, y en particular el de los profesores y administradores. Una evaluación exitosa fortalece el sentimiento de autonomía y de confianza, facilita la comprensión respecto de lo que acontece en el medio, y asegura una mayor calidad y eficiencia en la consecución de las actividades de enseñanza e investigación. Las instituciones son con frecuencia reacias al cambio, lo que justifica aún más la necesidad de la evaluación. Su principal utilidad no es política, puesto que a corto y mediano plazo, su impacto efectivo en las decisiones es muy reducido. Su valor es principalmente de orden pedagógico, puesto que incita a cuestionarse, a discutir. No obstante, tiene igualmente un valor de orden ético. la evaluación opone, potencialmente, a todos los juicios cotidianos basados en la subjetividad o en murmuraciones, opiniones más explícitas, más transparentes y mejor sustentadas. Semejantes cualidades compensan ampliamente sus defectos. En todo caso, es finalmente la menos mala, la más aceptable de las soluciones que las universidades pueden ofrecerse.
* Asesor del Consejo de Universidades de Quebec.
[1] Ver el texto de James March, de la Universidad de Stanford, en teoría de las organizaciones.
2 Astin, A. Undergraduate Achivement and Institutional Excellence, No. 166, 1968. p. 661 a 668.