Ascensión al Kilimanjaro

Edificios  /  Vulcanología  /  Geología  /  Página principal

 

El Kibo (cono terminal del Kilimanjaro) y, en segundo término, el Meru.

        De día nunca hubiéramos subido al volcán Lengai. No sólo por la torridez de su eterno verano, sino porque nada nos habría ocultado lo que nos esperaba. Dolorosamente conscientes, hubiéramos mirado hacia lo alto, buscando la cima que nunca llega, y hacia lo bajo, constatando que, a pesar de lo subido, aún quedaba mucho más. En semejantes condiciones, más vale que un piadoso velo nos mantenga en la ignorancia. Y, pese a haberla realizado de noche, juramos que había sido la peor subida de nuestra vida.  

Brezal en las proximidades de Machame Hut.

        Al Uhuru ascendimos de noche, pero sin luna. Y nos hizo olvidar las tribulaciones de cierto volcancillo llamado Lengai. Fue el 31 de julio de 1997, mi cumpleaños. El Uhuru fue el mejor regalo que nunca me hayan hecho, pero también por el que he tenido que pagar más caro, en dinero y, sobre todo, en esfuerzo. Nos habíamos acostado aquella noche bastante temprano, casi después de cenar. Con el temor de que la altitud no nos dejase dormir, como habíamos leído, pudimos conciliar el sueño durante unas horas. Pero pronto se nos presentó la vigilia: Un buen rato antes de la hora prevista estábamos dando vueltas ensacados en nuestro iglú, con los vientos de montaña agitando furiosos la frágil tienda. Pasaba el tiempo y nadie nos llamaba, oímos algunas voces por ahí fuera y comenzamos a inquietarnos. Como estábamos casi vestidos en los sacos, no fue muy complicado ponerse el resto de la ropa sin salir de nuestro habitáculo improvisado. Anahí se embutió en una camiseta térmica de doble capa, dos camisetas de algodón, su forro polar y un anorak de plumas alquilado en Moshi. En las piernas llevaba unas mallas de lana, otras de algodón y un pantalón de chandal. En los pies, dos pares de calcetines finos de algodón y un par de lana, todo dentro de sus botas de trekking "Trezetta".  Llevaba también unos guantes de lana que al final de la mañana ya estaban completamente raídos por las rocas a las que se fue agarrando con desesperación. Por arriba, en la cabeza, tenía una bandana en el cuello y un gorro también de lana. En la mochila metió el "goretex", pero sólo lo usó en la cumbre. Yo, empezando por abajo, me puse dos pares de calcetines de algodón y uno de lana, y mis botas camperas de 1000 pts, ya con un agujero lateral, recuerdo del Lengai. Sobre las piernas, unos leotardos prestados por Anahí y dos pantalones de chandal, uno de los cuales terminó tan mal que se lo regalé, ni sin cierta vergüenza, a los porteadores. Mis guantes de motorista terminaron bien, salvo algo de desgaste. El tronco me lo protegí con una camiseta térmica monocapa, una camiseta-T, un jersey fino, la chaqueta de un chandal, un chaquetón de borreguillo de alquiler y, encima de todo, el "goretex". Más arriba, la bandana, un gorro marroquí y ocasionalmente la capucha del "goretex". A pasar de llevarnos horas la subida, no pasamos calor en  momento. Claro que, en la bajada, hubo que quitarse cosas casi de continuo y acomodarlas apretadamente en la mochila.

Brezal en Machame Hut.

Brezos y senecios en la subida a Shira Caves.

         Nos decidimos a salir y el viento nos azotó despiadado. Había movimiento en las oscuridades del campamento y, de pronto, llegó Hillary con té y galletas, y algún execrable brebaje de "naranja" (el "Crush" de PNG, creo). Después de semejante refrigerio y alguna chocolatina reservada para la ocasión, salimos definitivamente, incorporándose Merche y Javier. Aparte de Hillary, también venía con nosotros el faraónico semblante de Tino. Lo cierto es que en la subida los vi pocas veces, ya que nos mezclamos con otros grupos y recuerdo con más viveza a otros guias que a los nuestros. No me contengo al insistir en las condiciones de partida: Totalmente de noche, sin luna, sin verse casi nada, con obligación de usar las linternas frontales continuamente. Mucho frío, aunque perfectamente soportable con nuestro indumento. Y mucho viento también. Afortunadamente, muchas estrellas.

Mar de nubes en la subida a Shira Caves.

          Y pensar que un día antes no sabíamos por dónde íbamos a subir, ni siquiera si lo haríamos de día o de noche. Desde las Shira Caves escrutábamos con prismáticos lo que se columbraba del flanco NW del Kibo -por donde suponíamos que subirían los de la Marangu, aunque estábamos equivocados- y lo que se mostraba de la altiva Western Breach, ante la que ahora nos encontrábamos. En ésta habíamos forzado la vista la antevíspera y la tarde anterior, cuando las nubes que solían taparla se despejaban a la caída de la tarde, a base de binoculares y de gafas, en busca de alguna traza de camino o senda. En nuestro interior, tal vez inconfesablemente, sentíamos el más ancestral pavor ante la posibilidad de subir aquello trepando por riscos y peñascos. Nada, o muy poco, un poco muy turbio, habíamos logrado descubrir en aquella pendiente soberana, titánica oponente del empeño y la resolución de los seres humanos, Némesis de los orgullosos, castigo telúrico de los confiados. Empero, continuábamos  queriendo creer que seguiríamos alguna senda.

Terracillas periglaciares en Shira Caves.

          Ahora ya estábamos dispuestos. Se nos dijo que la razón de subir de noche, motivos relacionados con el amanecer aparte, era que se respiraba mejor. Supongo que, al estar el aire más frío, su densidad era mayor. Además, esto coincidiría con alguno de los dos máximos barométricos diarios. Fuera como fuese, nos parecía respirar relativamente bien. Mi mayor temor ante el Kilimanjaro era el mal de altura, que ya me afectó malamente en los Andes, incluso a los 4000 m. A pesar de tomar diariamente el diurético "Diamox", igual que Anahí, no las tenía todas conmigo. Me enfrentaba, pues, a una doble o triple prueba.

Suelos poligonales en las proximidades de Lava Tower.

        Era la 1:30 h cuando dejamos el campamento de Haro Glacier. Nos dijeron que tardaríamos unas 5 h, o 4 h si éramos rápidos. Ya veríamos. Tardásemos lo que tardáramos, casi daba igual, porque pronto descubriríamos por qué casi todo el mundo que intenta hacer cumbre por la Machame Route lo consigue, a pesar de ser esta ruta la más dura. La razón es que se trata de un camino sin retorno donde no hay posible vuelta atrás.

Suelos poligonales y huellas de pipkrake en las proximidades de Lava Tower.

        Pero nada sabíamos de esto cuando dimos nuestros primeros pasos por un sendero real sobre materiales morrénicos no muy sueltos. Todos llevábamos nuestras linternas  frontales y así nuestro mundo quedaba reducido a unos pocos metros cuadrados de nitidez y claridad. Más allá de ellos todo era pura incógnita. Plena oscuridad apenas empañada por la luz de un océano de astros refulgentes, cuyo parco resplandor sólo servía para separar la montaña del cielo y éste del mar de nubes. Brillaban además unos puntitos en la mole invisible que se cernía ominosa sobre nosotros: Algunos expedicionarios que habían partido antes. El viento era frío y mordiente. No dejó de soplar prácticamente en toda la ascensión, aunque a veces los roquedos y farallones nos lo cortaban. Aun así, la subida inicial por un senderito que serpenteaba con frecuentes quiebros la empecé bien. Incluso demasiado bien, ya que Anahí no podía seguir ese ritmo. Javí y Merche se adelantaron, como de costumbre. Pero nunca llegaron a estar muy lejos, porque Merche acusaba la altura y, por otra parte, no nos podíamos alejar del guía. Las paradas eran frecuentes y acaso más largas de lo que yo, de momento, necesitaba. Solía en ellas apagar la frontal y solazarme con las estrellas. Su movimiento aparente en el cielo me servia de reloj y, con el tiempo, constaté que  habían cambiado mucho y que deberían hacerlo aun más antes de la coronación. Cuando, más arriba, comencé a pasarlo mal, como todos entonces, volverme al vacio y levantar la mirada a las constelaciones del sur suponía para mi una bocanada tonificante y un estimulo para no desfallecer.  

Guirnaldas periglaciares en Shira Plateau. 

        En un momento, cuando el camino empezaba a perder definición, llegó compañía. Era una parejita francesa con su guía. Al parecer, habían salido esa misma noche de la Lava Tower y se habían venido hacia nosotros porque su guía extravió el camino. Hay que conocer la Western Breach para comprender esto. En esencia, se trata de una rampa de bastante inclinación -puede que 6Oº en bastantes sitios, y casi 90º de pendiente media en los roquedos- de unos 900 m de altura. Un dédalo de pendientes torrenciales, barranqueras, cortados rocosos a veces escalonados por la estratificación de productos volcánicos, neveros congelados, arroyos goteantes, rocas, piedras sueltas, arenas gruesas...  Puede que el sendero por el que iniciamos el trek fuera el único y, a mayor abundamiento, moría pronto, dejando la elección de la vía a seguir a la experiencia y el instinto, amén de las dotes de rastreador, del guía nativo. La Western Breach en sí misma no tenía pérdida, encajada como estaba entre unos riscos impracticablemente himaláyicos a la izquierda y el impensable por horrendo Haro Glacier. Pero su enorme tamaño y la anfractuosidad de su superficie casi hacían obligatorio el extravío, siquiera temporal, de las almas que por ella se aventurasen.

Lobelias en Shira Plateau.

        Nos mezclamos, pues, con los franceses. Increiblemente, no tenían luz, al menos la chica, que pronto se rezagó, trepando junto a nosotros. Por encima iba su compañero barbudo, a un metro de su guía y, creo recordar, también sin linterna. Prácticamente dependian por ello de nosotros y no se nos separaron hasta la amanecida. Cuando la cosa empezó a empeorar, cuando los pies se resbalaban en la abrupta pendiente, cuando caían rocas sueltas desde la altura, cuando se iba acabando el oxigeno en el cada vez más tenue aire, ellos seguían separados por nuestro grupo. La chica lo pasó mal. Continuamente llamaba a su marido, pronunciando su nombre casi como un quejido lastimero y desvalido: "¿Jackie?".  Desde las tinieblas superiores llegaba la respuesta: "¡Oui!" Tanto se repitió esto que pronto éramos nosotros los que contestábamos. Ella no se divertía e incluso hubo quien, en alguno de los peligrosisimos pasos  que atravesamos, la vió llorar amargamente.

Lobelias en Shira Plateau.

        Después de acabarse el camino, comenzaron las pendientes en las que era inexcusable usar los brazos. Las unas eran pedreras, innumerables trozos de afilada traquita cuyos feldespatos y micas brillaban con cada pasada de linterna. Pedreras vivas, sin asentar todavia, que se movían reptando ladera abajo cuando las gateábamos. Las otras tenían aspecto de laderas semiconsolidadas pero ligeramente resbalosas, con fuerte tendencia a desprender rocas que inmediatamente caían a la negrura dando tumbos, con peligro para los que venían detrás. La francesa se paraba muy a menudo y yo, estando justo detrás suyo, no podía avanzar porque frecuentemente la vía era sumamente estrecha o bien la peligrosidad del terreno me impedía maniobrar para adelantarla. Sin embargo, en ocasiones la inclinada falda que escalábamos lindaba con un blanco nevero cuya superficie estaba congelada y, por tanto, dura. En el contacto lateral con la pendiente rocosa había huecos y agarraderos en el hielo en los cuales podía meterse el pie o hacerse presa con la mano. Esto me facilitó el camino más de una vez. Nunca, de todas formas, pude ir a mis anchas como en el Lengai. Ahora sí necesitaba un guía, también necesitaba respirar más profundamente y con más frecuencia, y me movía en un terreno incomparablemente más peligroso.

Sendero de subida desde Shira Caves a Lava Tower.

        Lo peor eran los neveros, o acaso habría que precisar y llamarles heleros, porque casi no había nieve como tal, al haberse congelado durante lo que llevábamos de noche. Realmente hacía frío. No los -22ºC que habíamos leído que podía hacer en la cumbre y que yo prefería no creerme. Pero sí lo suficiente como para que el agua de la cantimplora se me helase parcialmente. Al principio, los heleros eran delgados y aquí y allí asomaba la roca a la que uno podía recurrir para avanzar. En abundantes lugares, la nieve había desaparecido por encima de alguno de los bloques infrayacentes y ese hueco era excelente para hacer presa. Hubo, a no dudar, momentos muy delicados. En un helero resbalé y descendí un corto trecho, hasta que pude afianzarme. De ahí me costó lo mio salir: las presas eran pocas y había que hacer mucha fuerza para levantarse agarrándose a ellas. Pero, afortunadamente, siempre conservé la calma. Incluso cuando uno de los guias -para entonces casi no se distinguían los propios de los extraños, tal batiburrillo había o tan poca atención presté a lo que no fuera supervivencia inmediata-, creo que el de los franceses, que llevaba inexplicablemente una lámpara de petróleo apagada, resbaló un poco encima de mí en el helero que estábamos escalando y soltó la lámpara. El artefacto procedió entonces a deslizarse sin ninguna prisa por el hielo, haciendo un curioso ruido como de rascar que todavía recuerdo, pasó a mi lado y siguió su bajada, cada vez más rápida, perdiéndose en la oscuridad abismal a la que la luz de mi frontal ya no llegaba. Me paré, en parte a reflexionar que, por fúnebre que pareciese, cualquiera de nosotros podía correr la infortunada suerte de la lámpara de petróleo de la que nunca más se supo.

Sendero de subida al campamento de Haro Glacier.

        Luego fue necesario atravesar heleros de un lado a otro, y no sólo uno. A veces podía irse por encima de las rocas que sobresalían sobre el hielo, con cuidado porque era frecuente que estuviesen mojadas o, peor, recubiertas por una fina capa de resbaloso hielo. Pero en ocasiones el francés tenía que ir picando el helero con su piolet para así tallar escaloncitos donde apoyar el pie para dar el siguiente paso. Así, dándonos una mano los unos a los otros, agarrándonos a donde era posible, con algún arriesgado saltito, atravesamos unos cuantos. Y el tiempo seguia pasando, de cuando en cuando alguien cantaba la hora, pero aquello carecía de significado porque no nos parecía que progresásemos de ningún modo. Al principio de todo, algunas lucecitas que veía por arriba me parecieron gentes que, habiendo salido antes que nosotros, estaban próximas a llegar al Kibo. Incluso me imaginaba que estaban descansando, esperándonos, antes de dar el tirón final. Ingenuo de mi, no dejamos de ver luces intermitentemente durante todo el tiempo. Para intentar medir nuestro ascenso, miraba a ratos a la mole monolítica que había a la derecha del glaciar, una sombra más oscura que el cielo que siempre, hiciéramos lo que hiciésemos y pasara el tiempo que pasase, se alzaba muy, muy alta. Recuerdo un momento, ya muy arriba, en que el monolito ya no se encrespaba como antes, pero sí lo suficiente para ocultarme la Gran Nube de Magallanes, recién salida. A aquella altura  de la subida estábamos ya completamente agotados y aproveché para respirar y admirar la bóveda celeste, tan girada desde que partiésemos del campamento. La Pequeña Nube de Magallanes sí se veía, cerca de la mole, más al sur, o a mi derecha.  Estaba Grus, la Grulla, ya inclinada con la cabeza hacia el horizonte. Escorpio se había hundido ya en parte, y sólo su cola y su aguijón sobresalían del mar de nubes. A su lado estaba el Meru, siempre asomando la cabeza por encima de la bruma. El mar de nubes era perfectamente visible, si acaso algo difuso hacia el horizonte, a la luz de las estrellas y, posiblemente, de una pequeña luna casi nueva que estaría ya saliendo. En él se apreciaban dos resplandores que venían de abajo y medio se transparentaban: Moshi, extendido junto a la mole, y Arusha, una lagunita de luz inmediata al Meru. Pero este momento todavía estaba lejos. Todavía nos quedaba mucho que recorrer, más gente con la que encontrarnos, más desánimo que acumular.

Mar de nubes bajo el campamento de Haro Glacier. Al fondo, el Meru.

        Cada metro que subíamos nos faltaba más el aire. No era mal de altura, ya que no sentí ninguno de los síntomas habituales. Era eso, falta de oxigeno, necesidad de dar muchas y hondas bocanadas y sensación de que no cunde, de que el esfuerzo es más y más duro y hay cada vez menos aire. Trepábamos en silencio, con la escasa presión atmosférica haciendo de las suyas en nuestro intestino grueso. Había que beber agua de vez en cuando, comer alguna chocolatina, cada vez más escasas. Ya muy altos, a Anahí casi se le congela un pie. Perdió totalmente la sensibilidad en él e incluso pateando duramente contra la roca no recuperaba el dominio sobre el mismo. Después del descanso que mencioné anteriormente, nos encontramos con más expedicionarios. Tino apareció de no sé dónde y también otro guía que nunca había visto, un tipo barbudo y muy animoso, que nos transmitió su confianza en el terreno que pisábamos. Parecía estar más al tanto que los demás del camino a seguir y con él llegamos pronto a los escarpes rocosos que parecían presagiar el final. De momento, se acabaron las largas pendientes con pocos agarraderos y arriasgados pasos. Comenzamos entonces a subir entre bloques, a veces con escalonamientos por diaclasas o superposición de coladas, no exentos de algún riesgo por estar mojados, helados o disgregados. Esto mejoró de todas formas nuestra seguridad, pero ahora se ascendía a más velocidad cobrándose su tributo en esfuerzo y agotamiento. De vez en cuando nos creíamos que faltaba poco, porque alguna repisa o farallón se mostraba alto pero alcanzable. Otras nos metíamos de nuevo en zonas de nieve y hielo, con fuertes pendientes y terreno suelto, donde de nuevo disminuíamos la marcha, para volver al poco a buscar algún paso entre desnudos bastiones rocosos.

Campamento de Haro Glacier hacia el Oeste.

        En algún momento, como en tantos otros, con mi voluntad tocada ya por la baja presión parcial de oxigeno, alcé mi vista hacia las estrellas para descubrir con sorpresa que muchas habían desaparecido, quedando nada más el esqueleto de las constelaciones más conspicuas, cuyas vértebras eran los astros de mayor brillo. Mirando entonces hacia la inalcanzable meta del Kibo, observé que el acantilado se recortaba ahora sobre un débil resplandor: ¡Era la aurora, husmeando curiosa por asomarse al nuevo dia! Todavía, por supuesto, necesitábamos de las frontales y la mía terminó de agotar sus pilas en aquellos momentos. Le pedí al guía que nos diera un respiro -expresión difícil de usar efectivamente a aquella altitud- para cambiarlas, y aprovechamos para beber agua y reagruparnos. Poco después, no obstante, dejó de hacerse necesario el uso de las linternas. Pero semejante alivio llegaría tarde, tras unas cinco horas de inacabable subida y con un desnivel indeterminado por salvar. ¿Quién sabe a qué altitud estaríamos entonces? ¿Tal vez alrededor de los 5700 m?

Atardecer en el campamento de Haro Glacier.

          Ya veíamos perfectamente el mar de nubes, los farallones y agujas de roca que nos escoltaban, el cielo de un pálido azul... Aunque realmente no percibiéramos nada de ello. Ahora nos aplastaba el peso de una noche subiendo, el frío hiriente de la mañana (seguíamos en sombra) y la necesidad de poner todo nuestro empeño, toda nuestra alma, en cualquier esfuerzo por pequeño que fuese. Cualquier cosa nos hacia jadear con fuerza, por mucho aire con que quisiéramos llenar los pulmones siempre nos faltaba más, era imposible subir más de 4 ó 5 pasos sin detenernos. La consciencia en esa situación debía encontrarse poco menos que atenuada, abotargada. Casi no se hablaba,  incluso a los guias se les veía silenciosos y distantes, sin duda también afectados por la altitud. No llegaba el fin de la pendiente, no llegaba. Para colmo, no muchos metros por debajo de nosotros aparecieron los tres alemanes. No sé cuándo habían salido ni si habían estado siempre cerca de nosotros, pero lo cierto es que se iban acercando. Conseguí entonces colocarme por delante de nuestro guía, ocupado como se encontraba con otra gente que sufría más que yo en aquellos momentos semiinconscientes.

Haro Glacier en la Western Breach.

        La posición de vanguardia era durisima. Tenía que ir tirando solo, dando lo mejor de mi, hasta la última gota de fuerza. Me había propuesto llegar el primero al Kibo, costase lo que costase, y conseguir que al menos uno de nosotros se mantuviese por delante de los alemanes. Cada paso era un mundo, cada recorrido de 5 ó 6  m una vida. No era cansancio lo que sentía, aunque pocas veces he llegado a estar más extenuado. Tampoco era debilidad, aunque mis músculos, tensados al máximo, no tenían mucho que dar por mucho que se le ordenase. Era falta de oxigeno, de aire, y por mucho que abriese la boca casi no sentía el aire que inhalaba ni el oxigeno que parecía no llegar a la sangre. Así no podía pensar con claridad, tan solo tenía lugar en mi mente para la firme resolución de llegar, a ser posible el primero. Estuve a punto de desfallecer varias veces y aún me quedó algo de consciencia para darme cuenta de que la despiadada situación estaba royendo mi voluntad. Atravesamos un delgado fragmento de glaciar por el hueco que dejaba entre la pared rocosa, zigzagueé por arriba, casi detrás de unos montañeros neozelandeses, por un camino de gravilla, me quedó emoción para maravillarme por un liquen que se aferraba a la roca en aquellas condiciones, noté en el suelo los primeros y tímidos resplandores solares, eché de mi los últimos granitos de energía y, así, de pronto, había llegado al Kibo, por delante de todos, jadeando como un solo pulmón, sintiendo el corazón batiendo como loco la caja torácica, casi mareado, con náuseas, casi vencido pero victorioso al fin. Estaba arriba, en el Kibo, la gran plataforma que estaría a unos 5800 m de altitud y en la que se encontraban los glaciares, el cráter y el, de momento impensable, Uhuru Peak: la meta definitiva.

Haro Glacier en la Western Breach.

        El viento era fuerte y desagradable, incrementando la sensación de frío que entonces era más intenso que nunca. Había emergido junto a un bloque rocoso que daba a la Western Breach, que se veía junto con la ominosa sombra del Padre Kilimanjaro proyectada sobre el mar de nubes, con tal de asomarse a la izquierda del bloque. Y a nuestra izquierda se encontraba un escarpe con estratos versicolores de lavas y piroclastos que ya habíamos visto perfectamente desde las Shira Caves. Recordé que había intentado calcular a ojo su potencia desde tan grande distancia, basándome en el espesor normal de una colada lávica. No había errado por mucho, pero las conclusiones que había sacado sobre el posible desnivel de la Western Breach estaban bastante lejos de la enorme realidad. Tal escarpe versicolor era el flanco del Uhuru Peak, aunque en ese momento todavía no estaba seguro de ello.

        Muy poco después de mí llegaron los demás, en un apretado pelotón de españoles, alemanes, franceses, tanzanos y puede que alguno más. Merche estaba realmente mal y de inmediato Javi le preparó un saco de dormir para que se metiese en él a descansar y a refugiarse del viento junto al bloque rocoso. Desde donde estábamos había un paisaje no muy violento de nive, hielo y roca, con un camino que con eterna gratitud y alivio, se veía discurrir sin grandes desniveles en dirección al SE, pasando por debajo y por el norte del Uhuru. No guardo muchas imágenes mentales del entorno: seguramente mi abatimiento no permitió que se fijaran muchos paisajes de los que con seguridad me admiré en su momento. Si recuerdo ver por fin aquel farallón monolítico bastante por debajo de mi. Se había alzado dominador sobre casi toda nuestra ascensión y, quizás cuándo más exhaustos estábamos subiendo, hubo un momento en que lo sobrepasamos. Pero ahora todo eso había pasado: la noche sin luna, los gritos y lamentos en las tinieblas, el silencioso paso de los heleros, las rocas cayendo en las profundidades, el rictus de dolor, el sudor frío. Durante muchos días después, cada vez que trataba de rememorar nuestra travesía por la Western Breach, me invadía un vago sentimiento de temor. Algo interior sin aclarar, un a modo de presentimiento retrospectivo que me hacia desagradable el recuerdo, avisándome de que habíamos corrido mucho más peligro del que fuimos conscientes en su momento. Serían las 7 cuando llegamos al Kibo, o tal vez algo más tarde.

Sombra matutina del Kilimanjaro proyectada sobre el mar de nubes.

        Por miedo a enfriarnos, no nos quedamos mucho tiempo allí. Lograda la foto de la sombra del Kili, seguimos el camino que habíamos visto, por donde había que ir se quisiese subir al Uhuru o no. Caminábamos lentamente, agotados como estábamos, pero también intentando descansar conforme se andaba casi por llano en aquella superficie de gravilla crioclástica y nieve helada. Flanqueamos parte de los glaciares del Kilimanjaro, llegando en poco rato al pie del Uhuru. El sol estaba saliendo entonces y el panorama era bellísimo. Desde ahí hacia el norte, hacia el borde del cráter, había una extensión purísima de hielo tallado por el viento, con millares de agujas y sus sombras tendidas hacia nosotros. Me hubiera quedado allí horas, paseando ahora que el sol subía, o simplemente tendido (creo que, de hecho, me tumbé un rato mientras llegaban Merche y Javier). Se planteó entonces la disyuntiva de subir o no subir al Uhuru. Tuvimos nuestras dudas porque, como decía Anahí, "Subir es una tontería y no subir también lo es". Merche estaba demasiado agotada, así que ella y Javier se dieron un paseo hasta el cráter, que admiraron a gusto, y luego, por Stella Point, iniciaron el largo descenso. Nosotros mirábamos la ladera que conducía a la cima definitiva y luego nos mirábamos el uno al otro. Era una pendiente bastante inclinada de materiales sueltos, pero surcada por caminos muy marcados que iban convergiendo hasta llegar arriba. Ya había gente en ellos: los franceses ya estaban subiendo. Yo estuve a punto de decir que no, porque ya me sentía plenamente satisfecho con lo alcanzado y, sinceramente, me parecía de interés menor. Pero pensé en el paisaje que seria visible desde allí; en sentirme, ahora sí, la persona más alta de Africa y Europa; en estar encima de casi un 6000 y, algo normal en mí, en completar algo que no estaba del todo finalizado.

        Así que subimos. Poquito a poco, pole pole, conscienciados de la necesidad de dosificar las pocas fuerzas que nos quedaban y de aguantar cualquier sufrimiento ante la perspectiva de acabar pronto. Anahí, no obstante, estuvo a punto de renunciar en los primeros metros. Pude convencerla y continuar nuestro lento paso. Pronto coincidimos de nuevo con la pareja francesa y durante un trecho nos estuvimos turnando posiciones con ellos. El camino era bastante decente y, en otras condiciones, hubiera supuesto un alegre paseo. Tenía anchura suficiente, zigzagueba como era de rigor y el firme se pisaba bien.  Pero resultó muy duro mantenerse. Tal vez no estuvimos subiendo más de 30 ó 40 minutos, pero volví a empeñarme en mantenerme por delante de los franceses y de los alemanes que, otra vez, habían aparecido de la nada. De modo que, cuando llegué arriba ya al borde del desfallecimiento, me tumbé en el suelo a recuperar el aliento y disfrutar del sol mientras llegaba Anahí y los demás. Apareció pocos minutos después, con Hillary y los otros. Pero no se pararon donde yo estaba, a pesar de que me encontraba sobre un lomo bastante plano desde el que dominaba el mar de nubes y los neveros y glaciares que caían al SW y también casi todo el Kibo, con el cráter en escorzo. Resultó que el Uhuru propiamente dicho esperaba 20 m más al E, sobre el mismo lomo. Me pasaron, me levanté como pude, los seguí no poco iracundo con el propósito de alcanzarlos y, por lo menos, llegar al mismo tiempo al punto mágico. Pero tuve que volverme porque me había dejado un guante en mi lugar de reposo. Luego ya no me di prisa, claro, porque ya estaba todo perdido, mi gloria hecha humo por un guante desgastado.  Atravesé una planicie de nieve congelada acuchillada por el viento en surcos difíciles de caminar y, para cuando llegué a la cima del Uhuru Peak, no creo que más de un metro de altitud sobre el lomo de mi descanso, ya todo el mundo se felicitaba, se hacía fotos y hurgaba en un cajón metálico en el que los conquistadores de las cumbres dejaban sus mensajes. Hice la foto que más esfuerzo acumulado me ha costado nunca, colocando la cámara con el disparador automático sobre el cajón. Me arriesgué a que no saliese, porque sabia que era la última del carrete. Sin embargo, la anoxia que me dominaba -estaba comparativamente peor que en mi llegada al Kibo- me quitaba las ganas de todo y me aletargaba la voluntad.

"Está Vd. ahora en el Pico Uhuru, el punto más alto de África. Altitud: 5895 m s.n.m."

        Hicimos cumbre definitiva, pues, a las 8:45 h de la mañana, ya con el sol lo suficientemente alto para ver todo el Kibo, el Meru y montañas lejanas aquí y allá. El lomo del Uhuru bajaba y se arqueaba hacia el E. Más allá estaba el Mawenzi y se veían otros detalles de las proximidades con el hiriente detalle del aire de la alta montaña. Casi todos los que nos encontrábamos en ese momento en el techo de África nos conocíamos por haber compartido esfuerzos en las horas o días anteriores, pero, ¿dónde estaba la gente de la Marangu Route? No vimos a nadie nada más llegar al Kibo, tampoco. Y eso que nos imaginábamos toda la cima llena de las hordas que habrían pasado la noche trepando por Marangu. Pero casi en cuanto dimos los primeros pasos de bajada, aparecieron los primeros caminantes. Esta senda, bastante buena, serpenteaba por la cresta donde se asentaba el Uhuru, permitiendo buenas vistas a un lado y otro.

        Así, paso a paso, desde el máximo absoluto de 5895 m (Uhuru Peak) hasta los alrededor de 3000 m de altitud (Mweka Hut), emprendimos el gran descenso. Al principio todo fue bien, optimistas por saber que a cada metro bajado recuperaríamos casi exponencialmente nuestra amada atmósfera. Tal cosa ocurrió, efectivamente, y los efectos empezaron a notarse a las pocas centenas de metros de descenso en vertical. Con lo que no contábamos era con los muchos kilómetros -cantidad que desconocíamos- que nos separaban del campamento. Ocurrió que, cuanto más nos reponíamos de los efectos de la altitud, más nos cansábamos de puro andar, con lo cual no llegamos nada frescos a nuestra tienda.

Inicio del descenso desde Stella Point.

          Pero en poco tiempo ya habíamos bajado la cresta que, aparte de soportar al Uhuru, describía un semicírculo para terminar en Stella Point: un puertecito por el que llegaban al Kibo los de la Marangu. Siguiendo el borde del Kibo, volvía a levantarse otra cresta, pero ya no la seguimos. En Stella Point nos esperaba Tino con el minidesayuno. Había acompañado a Merche y Javier hasta allí, habían tomado un tentempié protegidos por la cresta y luego Tino se había quedado esperándonos mientras la pareja se echaba al descenso. Todavía me dio tiempo a verlos a lo lejos cuando llegué al lugar del desayuno, que consistió en más brebaje de naranja, pan de molde con mermelada y alguna galleta. Fue casi lo único que comeríamos hasta la tarde, lo único desde hacía unas ocho horas y lo mejor en las siguientes ocho.

        Desde allí caía, se precipitaba, se desplomaba cuan larga era, una impresionante ladera con inclinación típicamente estratovolcánica, desnuda de toda cubierta vegetal -excepto líquenes- hasta cientos y cientos de metros más abajo, formada aquí por lavas, allá por canchales de lapillí, acullá por nieve endurecida. Enfrente de nosotros y bastante por debajo de nuestra vista, se erguía con ademán satisfecho el Mawenzi (5121 m), totalmente agreste y ruiniforme dominando un plateau desértico cuyo reborde era un precipicio que se asomaba a un canal al que, aparentemente, iban a dar nuestras laderas, aunque eso ocurriría, si acaso, mucho más tarde. Lo primero era bajar los heleros, cosa no muy fácil porque era preciso caminar con mucho cuidado por surcos y grietas, paso a paso, o seguir el camino estrechamente tallado en ellos. Desaparecían los heleros y la senda, a veces multiplicada y con algún caminante en ascenso ocasionalmente, se estabilizaba y destrepaba malamente el roquedo. Luego volvian más superficies nevadas y así. El Mawenzi seguía en el mundo inferior, pero ahora se veía diminuto el famoso Kibo Hut (4703 m), primera señal de civilización, ya que era un refugio incluso con una pista que atravesaba el plateau. Pero para nosotros no había descanso. Hillary, con cierta prisa,  nos solía dejar solos y bajar por su cuenta, para esperarnos de todas formas en alguna encrucijada. Al cabo de cierto tiempo, y mientras la pendiente se mantuvo fuerte, decidi seguir la misma estrategia que en el Lengai. Como Anahí iba bien aunque más lenta que yo, a veces me adelantaba hasta que me cansaba y me tendía a disfrutar del sol, compadeciendo a los que subían, cada vez más numerosos, y esperándola tranquilamente. Hubo que quitarse ropa con celeridad, primero los guantes y el gorro, luego el goretex. Las gafas de sol no las llegué a usar en todo el trekking.

El Mawenzi (5121 m)  desde el descenso por la ruta Marangu.

        Llegamos a unas estupendas pendientes de lapillí oscuro muy suelto y polvoriento, donde se clavaba el pie a gusto. Allí ya no había camino, pero su superficie aparecía turbada por miles de pisadas blandas: un calvario para subir, un placer para bajar. Durante bastante rato corrí por el lapillí o me dejé deslizar por él, bajando a tanta velocidad que, en ocasiones, se me taponaban los oídos por el brusco incremento de la presión. Había que parar de cuando en cuando para vaciarse las botas y eliminar un par de calcetines, y luego otra vez a correr. Cuando la ladera se hizo un poco más abundante en rocas y algo menos inclinada, también pude correr, aunque era preciso extremar las precauciones para no caerse o torcerse un tobillo.

        Luego de mucho rato de bajar a trompicones, hallamos a Hillary esperando pacientemente en una bifurcación. Había un camino que bajaba recto hacia un bellísimo valle yermo, con pequeños glacis, bloques desprendidos de sus paredes, un talweg seco y la promesa de maravillas geomorfológicas sin cuento, casi como si fuera un pequeño canal marciano. Pero nosotros proseguimos por la senda, arenosa y tierna, que salía a la derecha, casi llaneando. Al poco llegamos a un belvedere natural que dominaba los altos y llanuras que conducían a los Barafu Huts, perdidos en la distancia y empequeñecidos sin piedad por ella, pero perfectamente nítidos. Ya los habíamos divisado desde la altura, aunque no nos quedaba claro que fuéramos hacia allá. De hecho, no sabíamos dónde podían estar los Mweka Huts, destino al que seguro habrían llegado ya los porteadores y cocineros del Haro Glacier Camp, con toda la impedimenta y nuestros equipajes y tiendas.

        En semejante mirador improvisado me quité lo que me quedaba de ropa, quedándome con lo habitual en una excursión normal, de modo que en la mochila no cabía una aguja. Allí estaban los alemanes, de nuevo sin saber cómo. Hillary nos instó a proseguir el camino, no sin cierta prisa. Nos mintió furiosamente, como siempre, con respecto al tiempo que quedaba por andar, subestimándolo con largueza. Con todo, allá nos echamos, andando por el camino bien marcado atravesando zonas increiblemente áridas, dotadas de una inexplicable belleza pétrea y brillantes bajo el sol de justicia que permanecía trepado a lo más alto del cielo. La bajada inicial tuvo sus vericuetos y saltos, hasta llegar a una planicie donde en otra encrucijada saludamos a una pareja francesa, no la de antes, que almorzaba tranquilamente ¡felices ellos!. Parte del camino subsiguiente lo haríamos con ellos, con la diferencia de que nosotros no teníamos nada que llevarnos a la boca. Pasábamos por macizos rocosos curiosamente diaclasados en lajas subhorizontales con apariencia de deberse a esfuerzos de descompresión por liberación de carga. No obstante, tenían bastante aspecto de rocas metamórficas foliadas, bien distinto de los materiales volcánicos vistos en los días anteriores. Nuestro itinerario se iba haciendo cada vez más SW y luego S, con lo que íbamos describiendo un arco que nos mostraba aspectos distintos del Kili, ya bastante alto ya una distancia indefinible, ya que al no haber escalas no se podía calcular ninguna distancia con un mínimo de seguridad. El camino seguía por encima de un lomo que dejaba ver el valle que describí antes, en el que ahora se observaba una zona endorreica seca con unos sedimentos lacustres perfectamente nivelados. Luego hubo que descender por unas escurridizas gradas en las que el palo de Anahí le ahorró algún traspiés. De ahí a Barafu que,  visible desde allí hermoseando el paisaje, se encontraba a un kilómetro escaso. Estaba bastante poblado de nativos y de algún  mzungu con estupendas tiendas y los habituales refugios-cocinas de metal. Allí nos tumbamos a descansar en un pedregal y nos comimos con verdadera fruición unos sandwiches secos de imprecisa mermelada y puede que algún  huevo duro, todo cortesía de los allí presentes, no sé si a instancias de Hillary o por encargo de Tino, que ya había pasado con Javi y Merche bastante antes. Sólo nos pudimos permitir cinco minutos de siesta y adelante, que ya serían las 12-13 h y aún estábamos a unos 4500 m de altitud.

          A partir de Barafu Huts el camino, ya de poca pendiente, recorría un interminable lomo relativamente llano que se alzaba entre dos barrancos. Linealmente, nos quedaría bastante más de lo andado hasta ahora, aunque con la posibilidad de caminar más cómodamente, aunque el cansancio iba incrementándose por momentos. Por aquel sendero nos cruzábamos a menudo con sufridos porteadores cargados que subían y con sus no menos sufridos, aunque no tan cargados, patronos. Algunos venían de diversas procedencias que no tenían que ver con Mweka, ya que en algunos sitios se cruzaban otros caminos que ¡oh, maravilla! estaban indicados con auténticos y respetables carteles de madera.

Lobelias en Shira Plateau.

         Poco después de Barafu nos topamos con la primera señal de vida de toda la bajada. Al menos, de vida vegetal evolucionada (nótese cómo evito decir "superior"),  puesto que más arriba, prácticamente desde la cima, empezaba el dominio de los incondicionales liquenes y, en lugares más protegidos, se acantonaban algunos musgos. La cliserie Uhuru Peak-Mweka seguía en este punto con las primeras fanerógamas: apenas unas herbáceas dispersas, florecidas algunas. Poco más abajo y siguiendo el largo lomo hacia los Mweka Huts se instalaba una completísima comunidad de herbáceas periglaciares, relativamente diversa. Constaba de plantas bajas, algunas rastreras y leñosas, que crecían en un suelo perfectamente aterrazado y con otras huellas de periglaciarismo dignas de un libro de texto. Conforme seguíamos bajando y, digamos, a unos 4300 m de altitud, esta comunidad se enriquecía con especies arbustivas de pequeño porte. 

Busque de brezos en las proximidades de Mweka Gate.

        Tuvimos el primer atisbo de que el campamento podía estar cerca  -aunque nos equivocábamos del todo-  cuando llegamos al ecotono entre el piso anterior y el brezal, una zona interesantísíma donde se observaba cómo interaccionaban ambos pisos y se iban haciendo dominantes los brezos gigantes. Esto, que ocurriría todavía algo por encima de los 4000 m, daba paso a un paisaje de brezal continuo, con numerosos ejemplares adornados por líquenes colgantes del género Usnea y otros. A partir de aquí perdimos de vista el paisaje, ya que "los árboles no nos dejaban ver el bosque", aunque sabíamos que íbamos junto a un valle que con mucha probabilidad habíamos descubierto el día antes desde el Haro Glacier Camp. El camino se encajaba en el suelo por la erosión de tantos pies y serpenteaba entre los brezos de corteza rojiza. Seguíamos encontrando gentes que subían y porteadores que bajaban, incluso cargados, que no tenían el mínimo problema en adelantarnos, toda vez que el cansancio empezaba a agobiarnos. En el brezal a veces teníamos algún atisbo de lo que nos rodeaba cuando algún claro se abría hacia el valle, o cuando había que destrepar un repecho abrupto, pero en general no se veía muy lejos. Gracias a estas ocasionales vistas notamos que habíamos entrado en otro piso de vegetación. Comenzaban a aparecer lobelias y senecios entre los brezos y tal vez eso ocurriría a los 3700-3800 m. Sin embargo, este piso duró poco y pronto aparecieron algunos árboles de selva entre los brezos. El limite superior de este nuevo piso es harto impreciso, pero los Mweka Huts se encontraban en él, ya a una altitud de 3000 m. De ahí a la población de Mweka (algo menos de 1500 m de altitud) los árboles de selva iban abundando cada vez más y los brezos escaseaban, hasta que a una altitud de, digamos, algo más de 2000 m, se entraba en el nuevo piso: selva de montaña, similar a la que se encontraba en las laderas del Ngorongoro, aunque con menos animales -pero de cuando en cuando se oían monos. Esta selva se enriquecía con helechos arborescentes más abajo y luego, antes de llegar a Mweka, aparecía parcialmente sustituida por especies introducidas (como Grevillea) y cultivos (bananas y café, sobre todo), hasta que en los alrededores de la población todo lo que se contemplaba era un paisaje agrario completamente humanizado.

 Dos aspectos de la jungla de Mweka. 

        Serían casi las 15 h cuando en lontananza, entre colinas verdes, apareció el sitio de Mweka Huts, denunciado por leves columnas de humo y pequeñas construcciones. Entonces decidí dejar a la agotada Anahí en el camino para adelantarme lo más deprisa que me permitiera mi propia fatiga y conseguirle agua -que habría que potabilizar previamente, lo que llevaba tiempo- y algo de comer. Este último par de kilómetros de la senda era un recorrido íntimo entre brezos que se apretaban entre si y contra el propio camino. Luego de bajar a una verde vaguada y trepar un poco llegué inesperadamente a los Mweka Huts. Las tiendas estaban bastante dispersas y separadas por biombos arbóreos. Las nuestras, colocadas desde hacía tiempo, lo estaban sobre un suelo vegetal casi de turba bastante húmeda. Marche y Javier llevaban allí desde hacia más de una hora y habían comido algo preparado deprisa por Tino, que ahora estaba con la elaboración de la comida-cena. Eran las 15:30 h y Anahí llegó no mucho más tarde, concluyendo nuestra épica excursión al Uhuru Peak: 15h caminando, aprox. 1 Km de ascenso (en unas 7:15 h  a 138 m/h, una media bajísima pero lógica considerando las circunstancias) y nada más y nada menos que 2900 m de descenso en 7:45 h (374 m/h).

          ¡Será difícil que volvamos a pensar en el Lengai como la prueba definitiva!  

     

Dosel arbóreo en la jungla de Mweka.

     

El Kilimanjaro desde Moshi, al atardecer.

Edificios  /  Vulcanología  /  Geología  /  Página principal