Restos de un bosque plioceno
en Caranceja (Cantabria)
Diario
"EL PAÍS" , Miércoles, 21 de febrero de 2001
Las obras de la autovía del Cantábrico sacan a la luz secuoyas de hace tres millones de años
MÓNICA SALOMONE | Madrid
Para imaginar el
paisaje del norte de España hace tres millones de años hay que buscar
inspiración en el litoral de California, al oeste de Norteamérica, o en los
bosques de China. Pinos de especies que ya no existen en la cuenca mediterránea,
cipreses y hasta gigantescas secuoyas poblaban entonces la cornisa cantábrica.
Lo ha revelado un bosque fósil que hace cuatro años salió a la luz gracias a
las obras de la autovía del Cantábrico, y que aún analizan botánicos de la
Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Montes de Madrid. Es un yacimiento
'fabuloso' que, sin embargo, nadie podrá volver a visitar, enterrado como está
bajo el asfalto de la autovía. Su estudio y el de otros yacimientos da datos
sobre la antigua flora y el clima peninsular.
Este grupo de
paleobotánica, el único especializado en España en el estudio de maderas fósiles
no carbonizadas, suele recibir soplos de agentes forestales, o
simplemente de buenos observadores, alertando sobre un posible yacimiento. El
aviso que en 1996 les llevó hasta Caranceja, cerca de Cabezón de la Sal,
provino de geólogos de la Universidad de Cantabria que a su vez supieron de los
investigadores de Madrid por un artículo publicado en EL PAÍS.
'Nos llamaron,
fuimos para allá y nos encontramos con algo asombroso. Había troncos de hasta
80 centímetros de diámetro, de especies que no habíamos visto antes en la Península
Ibérica', explica el botánico Carlos Morla. 'La gente creía que eran
palmeras, y también estaban muy sorprendidos porque allí no las hay ahora',
dice su colega Fernando Gómez Manzaneque.
Palas
excavadoras
Las palas
excavadoras habían tropezado con los troncos a varios metros de profundidad.
Tras la recogida de muestras los botánicos volvieron a Madrid. No, no eran
palmeras: había restos de una decena de tipos de árboles, entre ellos piñas
de tres especies de pinos -dos de ellas extintas ya en todo el Mediterráneo-;
de picea -una conífera similar al abeto-; y también frutos de hayas y maderas
de secuoyas. Según los geólogos el bosque crecía sobre material
depositado por el río Saja, que riega la zona y cuyo trazado ha sido muy
cambiante.
Pese a que a
simple vista las maderas no se diferencian de las actuales -no están
mineralizadas-, el estudio de los estratos geológicos y de otros yacimientos
europeos con flora parecida indicaron a los investigadores que se encontraban
ante el yacimiento más antiguo con que habían trabajado: entre los dos y tres
millones de años de edad, entre el periodo Terciario y Cuaternario. El carbono
14 sólo sirve para muestras de hasta 40.000 años, por lo que no ha servido aquí
para una datación más precisa.
'Los cipreses no
sorprenden porque hoy se ven muchos, pero sí es un resultado importante porque
los actuales sólo crecen de forma natural en África, Asia y sobre todo en América',
dice Morla. 'De secuoyas sí se habían encontrado restos, por ejemplo, en
Cataluña. Es una especie que se extinguió de Europa hace casi dos millones de
años. Estamos ante una flora que sólo se ve hoy en algunos puntos del planeta,
como el oeste de Estados Unidos o el oriente de Asia'.
La lentitud de
las obras de la autovía permitió a los investigadores volver cuatro veces más
al yacimiento, de unos 500 metros cuadrados de extensión.
Entre los años
1996 y 1997 recogieron 50 muestras de maderas no carbonizadas, 90 de carbones y
más de un centenar de piñas. Hoy se amontonan en el departamento de botánica
de la escuela y son el material de la tesis doctoral de Cristina Alcalde, becada
por la Comunidad Autónoma de Madrid. El análisis aún no ha terminado pero
algunos resultados preliminares están publicados ya en el boletín de la Real
Sociedad Española de Historia Natural. 'Creímos interesante dar a conocer lo
antes posible el hallazgo', explica Morla.
Especialmente de
cara al lento pero imparable avance de las obras de la autovía. Los vetustos
troncos están hoy bajo los carriles y la cubierta vegetal plantada en los
taludes laterales. Para Morla, 'la riqueza de este yacimiento lo sitúa entre
los mejores de la Península. Es una pena que no haya sido conservado, incluso
como atracción turísticocultural'.
Las muestras de
Caranceja comparten espacio en el laboratorio de botánica con las de otra
treintena de yacimientos de toda la Península, cuya historia está a menudo
relacionada con la de carreteras o presas. 'Lo irónico', dice Gómez
Manzaneque, 'es que nosotros nos beneficiemos de los estropicios ecológicos'.
Doñana
No es el caso
del bosque sumergido hallado en la costa de Huelva, en el Parque Natural de Doñana,
también muy valioso para los investigadores y aún en estudio. Les avisó un
ingeniero de Minas: también aquí los lugareños decían que las mareas más
bajas del año descubrían grandes troncos de palmeras. 'La marea adecuada sólo
se da unos días al año, así que esperamos casi un año entero y finalmente
fuimos con el correspondiente permiso. También están apareciendo sorpresas',
dice Morla. El yacimiento es del Pleistoceno (hace entre 2.5 millones y 10.000 años).
El grupo acaba
de terminar también el análisis de maderas halladas en el yacimiento arqueológico
de Cal Guardiola, en Tarrasa, que tiene el valor añadido de tener unos 800.000
años de edad, es decir es contemporáneo de algunos de los restos de
Atapuerca. Las maderas se dataron en Gerona con técnicas de paleomagnetismo, y
también se usaron dataciones indirectas de otros restos paleontológicos.
En Cal Guardiola
no se han encontrado restos de asentamientos humanos pero sí de unas treinta
especies de vertebrados -desde elefantes y caballos hasta anfibios y animales
marinos-, y unos 2000 fragmentos de maderas fósiles. Su análisis se recogerá
en la tesis doctoral de José María Postigo, en preparación.
El número de
yacimientos valiosos ha crecido en los últimos tiempos más que la capacidad
para analizarlos del grupo, integrado por tres profesores, dos doctorandos y un
estudiante con un beca de colaboración. Los investigadores tienen que usar
fungicidas para evitar el deteriorio de las muestras. 'Tenemos las maderas
amontonadas en el departamento. Necesitamos fondos sobre todo para contratar a más
personas y para pagar las dataciones', dice Morla.
Archivos del clima antiguo
Las maderas fósiles no carbonizadas dan información sobre el paisaje antiguo y, por extensión, sobre el clima de la época. Pero para esto último el tipo de resto paleobotánico más usado es el polen. Como explica el botánico de la Escuela de Ingenieros de Montes Javier Maldonado, 'el polen te da un registro continuo en diversos estratos geológicos de una misma zona; se observan cambios a lo largo de milenios, mientras que las maderas dan información de un momento concreto'. Pero según este experto sólo dos yacimientos de polen analizados hasta ahora en España -en Burgos y en Zamora- han permitido ya reconstruir el clima de una zona en un determinado momento. Y estos trabajos no han servido aún para validar modelos de evolución de clima. 'En España se conocen menos yacimientos que en Europa, hay menos tradición', dice Maldonado. Otro motivo para que el análisis de polen esté más extendido es que fosiliza más fácilmente que las maderas. Para que éstas se conserven bien deben estar en medios no oxigenados, aisladas de la atmósfera. Además de los yacimientos en las costas, el grupo de Montes los ha encontrado sobre todo en turberas, 'zonas de acumulación de restos orgánicos, generalmente, de musgos, con PH muy ácido', explica su colega Fernando Gómez Manzaneque. Los restos de maderas, una vez cortados en lonchas de milésimas de milímetro de grosor y observadas al microscopio, permiten en ocasiones identificar la especie, al contrario que el polen. Con el grupo de Montes colaboran expertos en polen; en análisis de anillos de troncos; y geólogos de las universidades de La Coruña, Complutense, Politécnica y Autónoma de Madrid.
Boletín de la Real Sociedad Española de Historia Natural (Sección Geología), 94 (3-4), 1999, 23-40.
Ángela Alonso Millán
Lab. de Geología. Fac. Ciencias. Universidad de la Coruña. 15071 La Coruña.
E-mail: angelami@udc.es
Ignacio García-Amorena
Dpto. de Silvopascicultura. E.T.S.I. de Montes. Universidad Politécnica.
Ciudad Universitaria s/n 28040 Madrid.
Guillermina Garzón Heydt
Dpto. Geodinámica. Fac. CC. Geológicas. Universidad Complutense.
28040 Madrid. E-mail: minigar@eucmax.sim.ucm.es
Fernando Gómez Manzaneque
Dpto. de Silvopascicultura. E.T.S.I. de Montes. Universidad Politécnica. Ciudad
Universitaria s/n 28040 Madrid. E-mail: fmanzaneque@montes.upm.es
Alberto González-Díez
Dpto. Ciencias Tierra y Física Materia Condensada. Universidad Cantabria. Avd.
de los Castros s/n 39005, Santander.
Carlos Morla Juaristi,
Dpto. de Silvopascicultura. E.T.S.I. de Montes. Universidad Politécnica. Ciudad
Universitaria s/n 28040 Madrid. E-mail: cmorla@montes.upm.es
Juan Remondo,
Dpto. Ciencias Tierra y Física Materia Condensada. Universidad Cantabria. Avd.
de los Castros s/n 39005, Santander. E-mail: Remondoj@ccaix3.unican.es
Sonia Roig Gómez
Dpto. de Silvopascicultura. E.T.S.I. de Montes. Universidad Politécnica. Ciudad
Universitaria s/n 28040 Madrid. E-mail: sroig@montes.upm.es.
| Palabras clave: Paleobotánica, Maderas subfósiles, Estróbilos, Pinus, Cupressus, Picea, Fluvial, Plio-Pleistoceno, Cordillera Cantábrica, Cantabria, España. | Key words: Paleobotany, Subfossil woods, Strobili, Pinus, Cupressus, Picea, Fluvial, Plio-Pleistocene, Cordillera Cantábrica, Cantabria, Spain. |
| Resumen:
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Abstract:
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Bol. R. Soc. Esp. Hist. Nat. (Sec. Geol.), 94 (3-4), 1999, 23-40.