Karst en yesos de Sorbas (Almería)
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Una de las singularidades más notables del karst andaluz es el gran desarrollo que alcanzan las morfologías kársticas en materiales evaporíticos. Yeso, anhidrita y halita son las evaporitas más frecuentes, de edad triásica o miocena. En el primer caso, la ubicación de los sistemas kársticos está en relación con los afloramientos de Trías de facies germanoandaluza de la Zona Externas de la cordillera.
En el segundo, con las formaciones finimiocenas de algunas depresiones intramontañosas, en particular las del sector centrooriental del orógeno. Por tanto, además de los macizos carbonatados, en Andalucía existen también importantes formaciones que incluyen materiales yesíferos y salinos susceptibles de karstificación. Aunque estos materiales son más escasos que los carbonatados en la Cordillera Bética, no por ello son menos importantes, ya que en Andalucía, fundamentalmente en Almería y Málaga, se encuentran la mayoría de las cavidades kársticas españolas en yesos (el 80% de las cuevas de desarrollo superior a 500 m y de las simas de profundidad superior a 100 m) (Ayala et al., 1986).
El Trías asociado al Subbético incluye materiales yesíferos aflorantes en extensas áreas que presentan buenas aptitudes para la karstificación, fundamentalmente en las provincias de Córdoba y Málaga. Destacan dos afloramientos: el Trías de Antequera y el Trías de Cambil. Es en el primero en el que pueden observarse los fenómenos kársticos más interesantes.
El Trías presenta facies evaporíticas (yeso, anhidrita, halita) asociadas a arcillas, margas, areniscas, calizas y dolomías, además de rocas subvolcánicas. Respecto al funcionamiento hidrogeológico del Trías, los yesos desempeñan el papel de colectores de las aguas infiltradas, siendo así elementos permeables y transmisivos, aunque con poca capacidad. Esta se la proporcionan las litologías acompañantes, que ayudan a regular el drenaje de los sistemas kársticos (Durán y Molina, 1986). Las facies hidroquímicas de las aguas emergentes son sulfatadas cálcicas y cloruradas sódicas, es decir, de mala calidad química y, por tanto, de escaso interés en cuanto a su aprovechamiento.
Las principales manifestaciones kársticas son las dolinas y las redes subterráneas. En relación a las formas exokársticas existe una relativa dependencia estructural de su origen, observándose una cierta alineación de los campos de dolinas en algunos puntos, relacionada con directrices estructurales. Por otro lado, las redes subterráneas son, a veces, de gran envergadura, predominando las cavidades horizontales, aunque también son abundantes las simas de escaso desarrollo. Del mismo modo, la relación del endokarst con las directrices estructurales no refleja una tendencia clara. Hay que destacar el Karst de Gobantes (Antequera) en cuanto a cavidades conocidas, con un total de 78. En la provincia de Córdoba, es también importante la Cueva del Yeso (Baena), con 1.843 m de desarrollo.
Algunas depresiones intramontañosas situadas entre todas las unidades anteriormente descritas, están rellenas de materiales karstificables del Terciario, generalmente detríticos y evaporíticos. Destacan los materiales yesíferos finimiocenos que albergan sistemas kársticos de importancia mundial, como el karst de Sorbas (Almería) (Calaforra, 1996). Los materiales karstificables, de edad Messiniense, forman un conjunto yesífero de 130 m de potencia, donde alternan los estratos de yesos con niveles de calcilutitas. El karst está fuertemente condicionado por la neotectónica, de forma que las cavidades siguen las directrices estructurales dominantes. Hidrogeológicamente, los yesos de sorbas constituyen un acuífero cuya base impermeable la forma una potente serie margodetrítica. Las facies hidroquímicas son sulfatadas cálcicas, y producen una disolución del orden de los 260 m3/km2/año. La temperatura del agua en algunos puntos (19,8-22ºC) indica la existencia de un cierto termalismo.
Entre las formas exokársticas aparecen lapiaces, dolinas, pequeños poljes y las formas superficiales más características, los “túmulos” (abombamientos de la capa más superficial de los yesos) (PulidoBosch, 1986). Son frecuentes las formas endokársticas mayores, cuyo proceso de formación comienza, generalmente, por el desarrollo de un pozo vertical debido a la disolución del yeso. Cuando el agua alcanza un nivel arcilloso cesa el desarrollo vertical y comienza a producirse disolución horizontal a favor de la zona de contacto entre las arcillas y los yesos. Si la capa de arcilla consigue ser atravesada por el agua, comienza de nuevo el proceso de excavación vertical (PulidoBosch, 1986).
La cavidad más destacada es el sistema Cueva del Agua, que con 8.020 m de desarrollo conocido, es la más importante de España desarrollada en yesos. Otras cavidades con más de 1.000 m de desarrollo son: el sistema Covadura con 4.244 m, la Cueva del Tesoro con 1.890 m, la Cueva Fuente del Peral con 1.800 m, la Cueva de los Apas con 1.500 m, la Cueva de los Ruidos con 1.117 m, el Complejo G.E.P. con 1.080 m, la Cueva del Lapo (B1) con 1.075 m, y la Cueva del Yeso con 1.050 m; y con más de 100 m de desnivel, la Sima del Corral con 130 m, el Sistema Covadura con 126 m, y la Sima del Campamento con 122 m (González Ríos, 1994). Los yesos de Sorbas constituyen un espacio natural protegido bajo la figura legal de paraje natural, cuyo valor fundamental lo constituye el espacio subterráneo desarrollado en evaporitas.
Existen otros materiales no carbonatados que también presentan indicios de karstificación, como son los materiales neógenocuaternarios detríticos, de naturaleza carbonatada en algunos de sus componentes (matriz, cemento o clastos). Este es el caso de los conglomerados del mioceno superior de Alora, las areniscas y conglomerados pliocenos de Nerja, y las brechas continentales pleistocenas de la vertiente norte de la Sierra de Mijas (Durán, 1996), todos ellos en la provincia de Málaga.
EVOLUCIÓN DEL KARST
La evolución de los sistemas kársticos andaluces ha sido muy dilatada en el ámbito temporal. Desde el punto de vista paleokárstico, es decir de morfologías kársticas relictas, integradas en el registro geológico, Martín Algarra et al. (1989) han realizado una síntesis de los principales episodios paleokársticos de la Cordillera Bética. Nueve fases repartidas a lo largo del Mesozoico y el Cenozoico han sido detectadas. No obstante el panorama kárstico actual arranca con la configuración de los rasgos mayores de la arquitectura de la cordillera, es decir a finales del Mioceno. Un testimonio de esto es el paleorrelieve tortoniense labrado en las calizas penibéticas de El Chorro (Málaga), enterrado por los conglomerados de dicha edad. Durante el Plioceno se produjeron, con total seguridad, una o varias fases karstogenéticas mayores. Evidencias de estas fases pueden observarse en algunos relieves alpujárrides costeros (Sierra de Mijas, región de Nerja), en los conglomerados calcáreos de la Bahía de Cádiz (Dabrio, Zazo y Goy, 1987), y en las numerosas paleocavidades con yacimientos de micromamíferos de los bordes de las cuencas intramontañosas neógenas granadinas. También en el registro morfológico exokárstico han sido reconocidas evidencias de fases karstogenéticas finineógenas o pliopleistocenas en los relieves de Sierra Morena ( Rodríguez Vidal y Díaz del Olmo, 1989). Desde el punto de vista de los depósitos, también existe constancia de la actividad kárstica pliocena. Los travertinos de Puerto Martínez, en Sierra Prieta (Málaga) son un buen testimonio de ello. Esta fase de karstificación pliocena ha sido detectada igualmente en otras regiones del Mediterráneo occidental, como por ejemplo la isla de Mallorca (Ginés y Ginés, 1995).
Durante el Pleistoceno la actividad karstogenética fue alternante, condicionada fuertemente por las oscilaciones climáticas características del Cuaternario. Durante los periodos fríos se reactivaron hidrológicamente los conductos endokársticos, mientras que los periodos cálidos fueron especialmente proclives para la travertinización y la génesis de importantes volúmenes de espeleotemas. Se han detectado al menos tres fases importantes de erosión endokárstica durante el Cuaternario, correspondiente al Pleistoceno Inferior, Medio y Superior. Igualmente, mediante la aplicación de técnicas geocronológicas absolutas se han distinguido nueve fases de carbonatogénesis desde el inicio del Pleistoceno Medio hasta el Holoceno (Durán, 1996), coincidentes mayoritariamente con los estadios isotópicos de carácter cálido. También en el exokarst existen evidencias morfológicas de edad pleistocena que confirman la existencia de fases alternantes de actividad kárstica (poljes de la Sierra de Líbar, por ejemplo).
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Dolina y sumidero

Túmulo colapsado

Túmulo colapsado