Viejos castillos, adustas atalayas, molinos rebosantes de agua, orgullosas haciendas clavadas en un mar de olivos, humildes puentes y alcantarillas, torres de almazaras, batanes, martinetes húmedos, polvorientos cortijos, lagares escondidos, ermitas, aislados conventos, multitudinarias ventas, templetes, cruces de término...

       Durante años, junto con Jordi Tarrés Chamorro, hemos buscado por el campo de Andalucía la Baja (España) la huella de la Historia en forma de los elementos de su arquitectura rural dispersa. De este modo, hemos reunido un importante archivo de imágenes de estos nobles edificios y estructuras, muchos de ellos hoy ya desaparecidos. En esta sección presentamos  sólo una muestra de los elementos más interesantes de nuestra colección, acompañada por abundante documentación.


Índice
temático

 

Molinos harineros

Haciendas

Cortijos

Almazaras y Lagares

Castillos

Atalayas

Puentes y Alcantarillas

Arquitectura religiosa

Otros elementos

 


De Alcolea del Río a Lora del Río (Sevilla):
Una corta cabalgata por los parajes más amenos del río verde

            Ya es tiempo de que florezca la mandrágora, que por algo lleva el apodo de autumnalis y las lluvias se van haciendo cotidianas. Junto a tus notas botánicas, junto a tu caja linneana están esparcidos los ranúnculos y las secas flores del narcissus. Albizia querida, sabes aprovechar el cielo encapotado, los vientos de poniente, la bruma, pero nunca has montado a caballo por las huertas y bosquetes que te digo.  Nosotros sí y he aquí que te narraré de los derroteros de nuestra cabalgata.

            Pascual Madoz, el ministro isabelino, apuntaba aplicado de Alcolea que se sitúa en la falda sur de unos cerros y a la orilla derecha del Guadalquivir, disfrutando de un clima templado y sano, aunque intermitentemente se experimenten fiebres. Añadía que tiene 314 casas medianas que forman 13 calles y una plaza. Esto era antes, por cierto, y hogaño es población bien esparcida y completa. No ha menester de puente para que las caballerías la penetren, porque el camino de Córdoba a Sevilla cruza el río en este territorio por la celebrada barca que fuera de Curro Jiménez.

            De noticias navieras. Es un solo hombre de curtida tez y parca indumentaria el que conduce la barca por las aguas. El vehículo está unido a unos cables de acero bilbaíno tendidos de margen a margen. Nuestro barquero se servía de un simple palo tallado con una muesca y así empujaba el cable, con lo que la chata embarcación avanzaba con lentitud. Su recompensa suele ser de unas pocas monedas por persona y algunas más si, como nosotros, te haces acompañar de algún semoviente. Ah, pero la vista que se disfruta del caudal impetuoso...

            Ya en el pueblo es muy recomendable acercarse al paso a la parte que da al río, desde la cual disfrutarás de un panorama digno de la paleta del mismísimo Turner. Recorriendo el muro hasta su término, el viajero curioso reparará en una construcción medieval que se deja columbrar más abajo y no lejos. Si preguntas, te indicarán el mejor modo de acercarte a ella sin que tu caballo deba pisar desperdicios y cascotes, como los nuestros.

            De la catedral de los molinos. Son tres, pero muy unidos. Impresionantes. Son tan pesados, tan recios, tan indestructibles, que dan la sensación de tratarse de casamatas y búnkeres. Obra de sillares y bóvedas de nervios, uno de los artefactos se halla inundado por el agua. En los otros se entrelazan árboles y ramas ulcerosas que las crecidas no lograron llevarse. Hay una presa decamétrica, rota en partes, que oblicuamente alcanza hasta la alameda de enfrente.

            En el dédalo de arroyuelos y charcas de los alrededores apréciase una fila de sillares dispuestos a modo de camino que al Señor corresponde preguntar por su procedencia. Atando las bestias en el seco árbol a donde llevan las piedras labradas, podrás subir al rojizo acantilado gravoso y asomarte a los abrigos de lo más alto. Desde abajo parecen acompañar a otras incógnitas.

            Ya fuera de Alcolea, el camino se desliza no muy sinuoso hacia Lora del Río. Antigua vía romana, queda salpicado acá y acullá por restos e indicios de los hijos del Lacio. Mejor no te pares en ninguno y avives el trote antes de la tormenta, que los viejos dicen que el río revuelto alimenta al trueno.

            De los Aellii Optati y otras marcas. La sabiduría popular de la que hablaba Demófilo y sus eruditos secuaces toma carta de naturaleza en nombres como «El Tejillo». Lugares plagados de adobes, en donde asas y panzas afloran con el arado, con sillarejos derramados por las laderas y huellas de hornos alfareros. Puedes encontrar muchos de éstos a lo largo del Guadalquivir y la mayoría tendrán nombres del mismo estilo porque no escasearán las tejas o tegulae. Además, nosotros disfrutamos de las evoluciones de una collera de garcillas.

            Por lo que se ve, en la Peña de la Sal hubo en años una fuente que destilaba agua salada aunque en corta porción. Me acuerdo ahora, Albizia, de los sondeos que los ingenierotes madrileños practicaban a principios de siglo cerca de Villanueva, y de las salmueras que les brotaban allí donde esperaban sacar hulla de mover motores. Y esto viene a colación con la fábrica de luz de la antedicha Peña, esqueleto industrial que aparenta gratamente en la curva donde está colocada, cabe el río y otro molino viejo.

            De la Salada, aceña con fecha. Algunos de nosotros, previsores del lápiz, leyeron 1836, pero a saber qué número quedaba grabado en aquella imposta. Te regalarán la vista y alegrarán el hígado la forma inusual de las bovedillas, el eucalipto y la viga. Otra presa de respetar, por su sección y extrema largueza. También un paraje agradable y dicen que por allí hay un gavión romano. Quizás.

            No muy distante, unos pasitos hacia Lora, sitúase Arva, tan romana como ella sola, confundida con cosas de los mahometanos por los escritores antiguos, siempre tan faltos de datos. Desde el camino el caballero y la amazona apreciarán la imperturbable curva de las arcadas pertenecientes a las termas, y no pocos más vestigios venerables. Será ya la hora de volver grupas a este otro mustio collado, porque ya se siente el látigo electrizante de la tormenta y las primeras gotas de lluvia enfrían la campiña. A cosa de una legua mal contada se abren las puertas de la ciudad loreña, que fue nuestro término en aquella ocasión. Y ahora tu reposo, Albizia presurosa.

            De la hidráulica de Axati. Era gran municipio con no sé qué emperador barbudo. Exportaba aceite y luego le pusieron al lado un castillo los agarenos. Siempre tuvo cerca sus semptem fillii, su maravillosa Setefilla, su origen incierto, el Guadalvacar. En el camino que nos llevó, a nosotros y nuestras cabalgaduras, a Constantina, pero muy aún en los dominios de Axati, repara en dos hitos. El uno es un puente que los planos militares apellidan “romano”, quién sabe si porque todavía quedan arqueólogos castrenses. Un solo ojo y además en escorzo con la corriente. Su figura es un breve salto lleno de aire y garbo. El otro es un campo de algodones crecidos en el amplio cao de una aceña camuflada. Atemorizan sus tres saetillos brillantes y resbaladizos. Dentro vive alguien cuidadoso del huertecito vecino. Hay sapos malencarados en las charcas.

            Me sabe mal continuar con mis amigos a la mentada Laconimurgi y no ofrecerte mi silla ni mi brida, Albizia. Habrás de esperar y dar descanso a tu fiel yegua, que pronto te llevará por millas de arrecifes y empedrados, por repechos de chaparros y rodadas, por alcantarillas de ladrillo, por dólmenes, por minas. Nuestros brutos ansían el polvo de los caminos y nuestros corazones no se acuerdan de la procelosa urbe. Muy presto nos acompañarás, Albizia.

 

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